Charo Zarzalejos – Cuestión de equilibrio.


MADRID, 15 (OTR/PRESS)

Ya el mismo miércoles, Mariano Rajoy era bien consciente de que debía comparecer ante los medios y no sólo con una declaración institucional. En apenas cuarenta y ocho horas, el PP de Valencia, y con él la dirección nacional del Partido, han vivido horas que para aguantarlas sin tirar los pies por alto hay que tener, efectivamente, bastante equilibrio. Esto lo ha tenido María Dolores de Cospedal, cara visible de una estrategia dirigida a poner fin al vía crucis valenciano y, sin duda, Mariano Rajoy, que desde la retaguardia ha sido el artífice de la decisión que se ha llevado por delante a Ricardo Costa, hasta hace bien poco secretario general del potente PP valenciano.

La política es un arte incierto y vulnerable. En cualquier momento y cuando menos se espera, surge la sorpresa; de ahí que resulte prematuro afirmar que el capitulo valenciano ha quedado cerrado de manera definitiva, pero por lo menos se han tomado decisiones, dando así respuesta a lo que era un clamor entre propios y extraños.

Para Rajoy no ha sido un plato de gusto. Este hombre tranquilo que huye de la euforia con la misma determinación que del abatimiento, le gusta darse tiempo para tomar decisiones, sobre todo cuando afectan a personas. No es lo que se denomina un «killer» de la política, ni tiene eso que vulgarmente se llama «instinto asesino». Entre sus convicciones está el hacer el menor daño posible y eso es incompatible con la precipitación. Muchos consideran que es incapaz de tomar decisiones. Soy de las que cree que las toma y para avalar esta afirmación basta con retrotraerse a poco más de un año. ¿Alguien cree que Rajoy hubiera sobrevivido si no hubiera tomado decisiones? ¿Es imaginable que sin tomar decisiones el PP se encontrara en estos momentos sin más líder que el propio Rajoy?

Ricardo Costa ha sido, efectivamente, el chivo expiatorio. Por un momento intentó algo suicida como es enfrentarse al aparato y, como ocurre siempre que así se actúa, salió derrotado. Mientras tanto, Camps continúa gozando de la confianza del líder, lo cual es una decisión de alcance, máxime cuando es un hombre que juega a ser Ghandi y estar a un paso de entrar en estado zen. Para Camps todo es bonito, siempre se está feliz. Lo de Rajoy es otra cosa, para mi mucho más comprensible que esta especie de levitación en la que se ha instalado el presidente valenciano, al que ayer mismo Mariano Rajoy nominó como candidato para las elecciones de 2011. ¿Era necesario ir tan allá? ¿Forma parte de algún tipo de acuerdo que permita una convivencia más o menos pacifica? Lo que puede ocurrir de aquí a 2011 está por ver, de ahí que algunos hayan visto en esta nominación un deseo expreso de no romper todos los platos al mismo tiempo.

Con el affaire valenciano, el PSOE ha cogido oxigeno. Da igual hablar de paro que de inversiones. Se hable de lo que se hable, sale el PP y sus problemas a relucir. En la contienda política es lógico, pero que no se pongan estupendos porque si es verdad que la bronca popular llena periódicos e informativos, la gran asignatura pendiente de este país, de todos nosotros, continua siendo una pavorosa situación económica, que a este paso ni las plegarias del imán de Damasco van a lograr suavizar.

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