José Cavero – Aguirre y Gallardón vuelven a chocar.


MADRID, 23 (OTR/PRESS)

En realidad, en las muy complicadas relaciones de la presidenta de Madrid y del alcalde de la Ciudad, los populares Esperanza Aguirre y Alberto Ruiz Gallardón, apenas ha habido tregua en los enfrentamientos. Se llevan, como suele decirse, «como el perro y el gato» y parece evidente que, por lo menos, sobra uno de los dos en ese escenario madrileño y nacional que ambos comparten de malos modos. La pelea más duradera es la que los viene enfrentando por causa de Caja Madrid y se viene prolongando ya muchísimos meses, incluso años. El uno y la otra quieren controlar esta entidad, la cuarta entidad financiera española, y designar un presidente que les deba la designación, nada menos. Por si no se bastaran entre sí, hay otros aspirantes a participar en ese nombramiento del sucesor de Miguel Blesa: el Gobierno de la Nación, el PP, los accionistas y sus representantes…

De momento, sin embargo, parece evidente que la batalla de Caja Madrid va a seguir, al menos de momento. Hoy se ha sabido que Mariano Rajoy y Esperanza Aguirre se reunieron ayer para intentar buscar una solución, pero no se produjo avance alguno en las respectivas posiciones. Rajoy vetó abiertamente al candidato de Aguirre, y vicepresidente de la Comunidad, Ignacio González, su mano derecha. González se enfrentó hace un año a Rajoy en un Comité Ejecutivo del PP, en el que llegó a acusarle indirectamente de «caer en el relativismo, en el oportunismo cortoplacista y acomplejado, en el tacticismo», y desde entonces la enemistad del líder es manifiesta.

Primero lo echó, como a los demás críticos del Comité Ejecutivo, donde colocó a otro aguirrista, Juan José Güemes, y ayer trató de desbancarlo de la carrera de Caja Madrid. Rajoy exigió a Aguirre que coloque en la presidencia a Rodrigo Rato, hasta ahora rival interno del líder, ya que su nombre siempre suena como relevo al frente del PP. Pero la presidenta, según diversas fuentes, no renunció a su candidato, por lo que el envite sigue, aunque ahora con todas las cartas encima de la mesa, en esta guerra abierta para demostrar quién manda en el PP, más relevante aún por la entrada en liza tanto de La Moncloa como del Banco de España.

Rajoy, que se ve, a un tiempo, presionado por el Gobierno -que no quiere a Rato y prefiere al que fuera su secretario de Estado Luis de Guindos, con perfil más técnico-, por el Banco de España y por su partido, que espera de él un gesto de autoridad, necesita ganar esta partida para que su liderazgo no se vea definitivamente cuestionado. Y así las cosas, Aguirre, se muestra dispuesta a aguantar el pulso porque considera que tiene todo el derecho, con su mayoría absoluta, a elegir al presidente de Caja Madrid. Además, apela a un pacto que ya tiene avanzado con socialistas madrileños, IU y los sindicatos. Es allí, en esos sectores, donde se debe arreglar, insisten los aguirristas, y no en la calle Génova.

Mientras, los marianistas inciden en que González, un personaje polémico, no puede presidir la caja porque el partido lo vería como una demostración de debilidad de Rajoy. Hay aún más factores. Se juega la imagen del PP como partido nacional. Si Caja Madrid tiene que comprar cajas en Castilla y León, Castilla-La Mancha o Galicia, por ejemplo, Rajoy debe demostrar que el PP, como partido, tiene mucho que decir, junto a La Moncloa y el Banco de España, en ese delicado proceso que afecta a otros gobiernos autonómicos. El líder no se puede permitir que el mundo económico piense que todo se decide desde una baronía tan enfrentada a Rajoy como la de Aguirre.

Y mientras en los despachos no se lograba un acuerdo, en los micrófonos la tensión crecía sin límite. «El PP no es un partido federal. Las decisiones importantes las toma la dirección general del partido, a las que yo siempre apoyo», abrió el fuego Gallardón. «Le tengo por un ilustre jurista, pero se equivoca de medio a medio. Lo que ha dicho el alcalde es manifiestamente ilegal y sería politizar la caja», remató Aguirre. ¿Politizar la caja?, cabe sorprenderse del riesgo anunciado por «la lideresa». ¿Más politizada de lo que ya está?

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