Fernando Jáuregui – La semana política que empieza – Eso de «trincolandia» se va a poner de moda


MADRID, 25 (OTR/PRESS)

A cada cual lo suyo: tomo el término «trincolandia» de uno de los artículos de mi amigo y colega Ignacio Camacho, uno de los columnistas más sólidos que se dan hoy en España, aunque uno no siempre esté, faltaría más, de acuerdo con todas las cosas que escribe. Pero esta vez resulta difícil no concordar, al menos en parte, con su texto, en el que se recoge una cada vez más generalizada opinión de que la clase política española se desliza peligrosamente por un vertedero pleno de casos «Gürtel», ejidos, cajasmadrid, liceus, munares y qué sé yo cuántas cosas más. Por eso, a las pocas horas de aparecer el titular de Camacho, eran miles las personas que comentaban y asumían, me consta, lo de «trincolandia», una muestra más del españolísimo ingenio para definir para siempre los vicios y defectos de quienes nos gobiernan.

Claro que, para ser justos, habrá que precisar que el término «trincolandia» podría aplicarse a otros países, sin que la denominación pueda, en propiedad, limitarse a esta España nuestra. Ahí tiene usted a «Sarko» tratando de dar una prebenda a su joven y poco letrado hijo. O a los parlamentarios británicos, cuyos dispendios a cargo del erario público causaron una auténtica conmoción en el Reino Unido. Y de Berlusconi es mejor no hablar. Ni de los derroches en el seno de la eurocracia. Pues anda que Rusia, etcétera.

El mal de muchos no puede ser el consuelo de los tontos. Ni tampoco, querido Camacho, deberíamos generalizar aplicando la misma etiqueta a todos, absolutamente todos, nuestros políticos, aunque reconozco que en ocasiones, viendo algunas cosas como la que se está montando para quedarse con Caja Madrid, el sonrojo es globalizante y generalizado. Pero siempre he escrito que tanto Zapatero como Mariano Rajoy, Llamazares como Rosa Díez, Artur Mas como Iñigo Urkullu -y no digamos ya Patxi López o Basagoiti–, tanto Núñez Feijóo como Cospedal, o José Blanco como Leire Pajín, o Esperanza Aguirre e incluso Francisco Camps, con todo lo que usted quiera de torpeza en sus actuaciones, me parecen, sin ánimo de ser exhaustivo a la hora de elaborar la lista, personas honradas.

No deben serlo tanto algunos de los comparsas de los mentados, que enlodan la actividad política, y menos aún los comparsas de los comparsas. En la corrupción no es el problema la personalidad del político descollante -a quien el propio brillo del cargo suele bastarle como compensación–; ni es tampoco el problema una mera cuestión de dinero malversado o simplemente distraído a favor de amiguetes de los amiguetes. Lo que se coloca en el centro del concepto corrupción es la falta de vigilancia de los eslabones últimos e intermedios. Y, así, el político honesto se nos convierte en foco de corrupción cuando, por miedo o pereza, incurre en «negligencia in vigilando».

Siempre se dijo que el dictador Franco era persona honesta -en lo de los dineros, al menos, que otra cosa era su falta de respeto por la vida humana–, pero no lo era en el mismo grado su familia directa, con lo que el franquismo se cubrió de una pátina del nauseabundo color del aprovechamiento de la cosa pública por la casta del Régimen. Y es que creían, y no han sido los últimos en hacerlo, que la nación les pertenecía y que lo público no era de nadie, excepto, claro, de ellos. Olvidaban, y temo, insisto, que no han sido los últimos, que somos los ciudadanos quienes pagamos siempre la juerga de quienes se erigen, por la fuerza o por los votos, en nuestros representantes

Saco a relucir el franquismo, término para mí nefando, no porque estemos a tres semanas de la conmemoración de la muerte de quien secuestró durante tantos años la libertad de los españoles, sino porque no quisiera que, en ningún caso, el deterioro de este sistema nuestro actual pudiese dar lugar a alguna forma de democracia más imperfecta. Soy un convencido, glosando a Churchill, de que nuestra fórmula actual de partidos puede ser la peor del mundo, excluyendo a todas las demás.

Así que deberíamos mantenerla lo más incólume que nos sea posible. Lo cierto es, y lo digo cuando aún desconozco los resultados de la votación en Uruguay, que en muchos países de América Latina se manosearon tanto los partidos y las clásicas internacionales ideológicas que acabaron desapareciendo y dando lugar a nuevas fórmulas, movimientos y formaciones, tantas veces lejanos de la perfección democrática, si es que a esta perfección se ha llegado alguna vez. Lo mismo podría decirse de la Italia de Berlusconi, de la Rusia -país siempre tan desgraciado con sus líderes_ de Putin y, en alguna medida, hasta de la Francia de Sarkozy, si bien nuestra nación vecina ha sido siempre muy dada a enfrascarse en soluciones donde el presidencialismo lo es casi todo y el resto de la clase política, casi nada.

Lo que no puede ser es que un columnista brillante imagine un día el término «trincolandia» y todos nos veamos forzados a admitir que algo, o bastante, de razón tiene quien tal escribe. O que, al menos, su exageración estilística puede no serlo tanto dentro de no mucho tiempo, porque los líderes de nuestros partidos, a base de mirar hacia otro lado, han dejado que esto se convierta en un puerto de Arrebatacapas. Es entonces cuando llegan los bolivarianos y similares a sustituir la partitocracia por el caudillismo, las instituciones por el populismo, las leyes por los decretos, el debate por las manifestaciones, el diálogo por los gritos, la separación de poderes por la yuxtaposición de los mismos. A mí, qué quieren que les diga, eso no me gusta un pelo. Y, además, me da miedo.

fjauregui@diariocritico.com

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