Rafael Torres – «Al margen» – El buen francés.


MADRID, 26 (OTR/PRESS)

El ministro francés de Identidad Nacional (¿?), monsieur Eric Besson, ha propuesto un debate al país para averiguar qué significa, a estas alturas de la Historia, ser francés, o, más exactamente, un buen francés. Mal asunto. Y no sólo porque lo que en realidad quiere el ministro de Sarkozy es un debate sobre la inmigración que llegue a las conclusiones xenófobas prefijadas de antemano por la derecha y la ultraderecha, sino porque el mismo enunciado del debate sugiere que hay buenos franceses y malos franceses, auténticos y apócrifos, de primera y de segunda, superiores e inferiores en función de su calidad identitaria. Mal asunto. A lo tonto, a lo tonto, sin los excesos fascistoides y payasescos de un Berlusconi, Sarkozy destruye de un plumazo, so capa de debatir, el principio cívico y democrático esencial, a saber, que todos los ciudadanos son iguales por serlo ante la Ley, a condición, sólo, de que la respeten.

Semejante cosa, la de fijar quienes son los buenos y quienes los malos, con el aporte de puerilidad, maniqueismo y cosificación del «otro» que conlleva, es muy grave en cualquier sitio, pero posiblemente en Francia, en la Luminaria de la Libertad, lo es más si cabe. Los mejores franceses, como se sabe, no fueron franceses, pero es que incluso los medianos y los peores, tampoco, como el propio señor Sarkozy. Se hicieron franceses porque en Francia encontraron, ellos o sus padres o sus abuelos, pan, refugio, reconocimiento y oportunidades, es decir, aquello que se espera de la patria para que sea la de uno. Diríase que Sarkozy y su ministro de Identidad Nacional (¡!) se han hecho del PP, que en lo tocante a la «identidad nacional» parece en ocasiones heredero del Régimen, ya sabe el lector cuál, que tanto énfasis puso, brutal casi siempre, en establecer lo que era un buen español. Un buen español era el que Franco, sus asistentes y sus colaboradores decían, y si Sarkozy va a empezar a jugar con eso, con ese fuego, lo peor que puede pasar no es que se queme, sino que arroje a Francia, con los buenos, los regulares y los malos dentro, a la pira de la irracionalidad.

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