Carlos Carnicero – Partidos, autoridad y taifas.


MADRID, 28 (OTR/PRESS)

Los partidos políticos son un instrumento fundamental de la participación democrática de los ciudadanos y están contemplados como tales en la Constitución. Su funcionamiento debiera ser democrático por la propia definición de su función. Sin embargo, en la práctica se han contaminado de una tecnologías leninista mediante la cual las cúpulas, por un sistema de cooptación de sus miembros, tienen secuestrada la democracia interna: como mal menor se invoca la necesidad de la figura de un jefe o líder que mande como si de un ejército se tratara. El líder, entonces, se convierte en una suerte de director sin controles distintos que los teóricos que se realizan en congresos donde es muy difícil activar alternativas. Ha sido un proceso paralelo al de las empresas multinacionales en donde el presidente de la corporación hace y deshace a su antojo.

El único contrapoder de los partidos viene determinado por otras baronías regionales que se han constituido al calor de una concepción del estado en donde la soberanía de hecho se ha fraccionado o regionalizado y con ella el poder distribuido dentro de los partidos.

Estos barones, que reproducen la metodología leninista de administración del poder, exigen para sí mismos la legitimidad que le niegan al líder nacional. Un ejemplo claro de lo que está ocurriendo es la situación de confrontación entre el líder nacional del PP y la presidenta de la Comunidad Autónoma de Madrid, Esperanza Aguirre. Las fuerzas están levemente inclinadas hacia Aguirre sólo porque ha aplicado la tecnología de concentración de poder con más perfección, mientras que Mariano Rajoy, por su propia naturaleza, tiende a ejercer el poder con menor concentración y, sobre todo, con menor presión. Lo que ocurre en el PSC con respecto al PSOE es más de lo mismo.

El funcionamiento de los partidos no responde a la participación escalonada de los militantes en los distintos ámbitos de la organización sino a un entramado de pactos que tejen una tela de araña de poder en donde los jefes de cada bastión pactan con los que están al mismo nivel en una pirámide en la que queda desvirtuado completamente la representación del militante

Ahora, en Madrid, los dos caciques en juego, Esperanza Aguirre y Mariano Rajoy, van a celebrar una pelea de gallos en la que ganará quien tenga el espolón más afilado.

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