Consuelo Sánchez-Vicente – El mapa de la felicidad.


MADRID, 28 (OTR/PRESS)

Se mide todo. Ahora resulta que según un estudio internacional sobre la felicidad del WDH (World Database of Happiness) en el que han colaborado varias universidades españolas, España ocupa el puesto número 16 en el ranking de países del mundo donde los ciudadanos viven más años felices. No es una humorada de cuatro profesores ociosos. Según la universidad de Granada, miembro del WDH, este estudio se realiza en 148 países que agrupan al 95 por ciento de la población mundial. La afición del ciudadano de estos comienzos de siglo a convertirlo todo en estadísticas no parece tener límite.

¿Y cómo se mide la felicidad? Con mucho cuidado y cada uno con su propia vara de medir, obviamente, pero lo que hacen estos señores es sacar la media entre la esperanza de vida del país y el grado de satisfacción con la vida que llevan sus habitantes. Les ha salido que los españoles vivimos felices casi 59 años, el puesto 16 en ranking de la felicidad mundial. A mí me parece demasiada para un país con cuatro millones y medio de parados reales como poco aunque según las estadísticas (con la iglesia volvemos a topar) sean doscientos y pico mil parados menos. Y además abochornado por la corrupción política.

Cada céntimo que roban los corruptos es un céntimo más que nos toca pagar de impuestos a los ciudadanos; tal vez cuando lo veamos así nos decidamos a agarrar políticamente a los partidos políticos por las solapas, a los del gobierno y a los de la oposición, y a pedirles cuentas en las urnas. ¿Por ejemplo? Votando en blanco hasta que expulsen sin contemplaciones a los ladrones de sus filas en el minuto exacto en el que les detectan. Que ocurre, no seamos inocentes, muchísimos minutos antes de que la policía se huela la primera tostada y el juez ordene las primeras escuchas: lo cantan a gritos las miles de hectáreas recalificadas a golpe de talonario en nuestro país, y el baño de oro que parecen haberse dado verdaderos analfabetos funcionales tras su paso por un cargazo o hasta un carguillo. Cuando hagan honor a esa tontuna que llamamos «asumir responsabilidades políticas» en vez de escudarse tras la «presunción de inocencia» de quienes saben culpables; entonces -no antes: ni un minuto antes- merecerán nuestro representantes políticos que volvamos a mirarles políticamente a la cara los -no tan felices y sí muy cabreados- españoles.

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