Rafael Torres – «Al margen» – La caja.


MADRID, 28 (OTR/PRESS)

La cada vez más extendida sospecha de que una parte de la clase política española ha devenido en partida de bandoleros y facinerosos, debería acompañarse de la certidumbre de que quien sospecha podría ser imputado como cómplice o cooperador necesario. La democracia, incluso su simulacro, es lo que tiene, que la responsabilidad última recae en el elector, que a menudo y por ignotas razones prefiere los golfos a las personas honradas. Por esa preferencia, nacida en todo caso del analfabetismo político, la política goza de tanto predicamento entre los hampones, pues por ella se accede a la combinación de la caja fuerte. Del interminable franquismo, que robó España entera, viene esa idea del poder como exacción o despojo, idea apenas modificada en la llamada Transición, interminable igualmente, salvo por el atrezzo democrático que extiende al ciudadano la responsabilidad, bien que sin llevarse parte.

A propósito de cajas fuertes, Cajamadrid es, sin duda, una de las más fuertes, sino la más de todas. Que se sepa, ninguno de sus administradores o de sus gerentes políticos se ha llegado a la plaza del Celenque, o donde quiera se halle ahora la caja de caudales de la entidad, y ha metido la mano. La cosa es más grave: se creen que es suya con cuanto contiene. Y se disputan su control. El que tiene la Caja, gana, pero por cómo andan las cosas en la derecha, el asunto se retuerce un poco: el que controle la Caja, controlará el PP, esto es, la empresa que suplantará la voluntad nacional cuando la que la suplanta ahora le ceda los trastos en éste turnismo delirante de la última Restauración. Rajoy y Aguirre protagonizan, bien que el primero solapado en Gallardón y éste en Cobo, esa impúdica guerra por la Caja, por el partido, por el poder, en tanto la empresa para la que trabajan ambos sigue subiendo en los sondeos y cotizando al alza.

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