Fernando Jáuregui – Cambiar España –¿o no?–.


MADRID, 29 (OTR/PRESS)

Se diría que existe en el actual Gobierno o, al menos, en algunos de sus componentes, una necesidad acuciante de cambiarlo todo. Desde la enseñanza hasta los estatutos de autonomía, pasando por la carrera militar. Una ambición muy legítima, cuando las cosas funcionan mal, como, hasta cierto punto, ocurre con la educación, por ejemplo. Pero un absurdo cuando funcionan bien, o cuando no existe ninguna demanda de cambio, como sucedía con los estatutos de autonomía. Entonces, da la impresión de que se trata de ofrecer una imagen de cambio en lo periférico desde el deseo, en el fondo, de que lo más importante se mantenga inmóvil y alejado de los focos de la atención ciudadana.

En fin, el cambio no es bueno ni malo «per se»: es inevitable. Todo gobernante quiere dejar su impronta, de la misma manera que todo alcalde pretende dejar memoria de sí en las piedras de su ciudad y, sin embargo, no todas las obras que se emprenden son siquiera convenientes para la ciudadanía. Ahí tienen ustedes, sin ir más lejos, el Madrid que nos propone Gallardón para el futuro: enormes obras y molestias sin cuento, total para cambiar al pobre Cristóbal Colón nuevamente de emplazamiento. Y poco más.

Y ahora que estamos en ello, yo creo que existe una sintonía de fondo entre, por ejemplo, el alcalde de Madrid -incontenible pasión política_ y Zapatero: la ambición de ambos es inconmensurable, ambos son unos optimistas incorregibles con una elevada opinión de sí mismos y los dos creen en la acción por la acción, sin tamizarla excesivamente con una dosis de reflexión. La palabra «pausa» parece, para ambos intuitivos, un término que debería ser borrado del diccionario. Y a los dos les pasa como al juez Garzón: de tanto querer abarcar instrucciones sumariales, al final le salen hechas un churro, que ya vemos que ni puede demostrar contundentemente una relación entre Otegi y ETA.

A los periodistas nos hablan de los deseos, no demasiado bien escondidos, de Ruiz Gallardón para hacerse con las riendas de su partido y convertirse en el oponente de Zapatero de cara a las elecciones de 2012. Lo apoyan, dicen, Aznar y Fraga, que han decidido minimizar las posibilidades de Mariano Rajoy de mantenerse en el cargo, aunque para mí que se equivocan ambos. Al alcalde de Madrid a veces parece que lo apoya también, vaya usted a saber por qué, el mismísimo Zapatero, que en más de una ocasión ha expresado su admiración por Don Alberto. ¿Es por eso por lo que se está demorando la salida al ruedo de un rival socialista para enfrentarse a Gallardón en las municipales de 2011?

No sé, lo confieso, qué se esconde en el fondo de las trifulcas internas en el PP, ahora a cuenta de la presidencia de Caja Madrid, pero que tienen también otras expresiones variadas: algunos, en el PP, no pierden ocasión de tirarse los trastos a la cabeza. Ni sé por qué los socialistas se niegan a aprovechar esta debilidad de sus adversarios, a no ser que aquí estemos en presencia de pactos ocultos, que me temo que es exactamente lo que está sucediendo: me da la impresión de que el diálogo entre Gallardón y Zapatero es más fácil y fluído -y frecuente– que entre el presidente del Gobierno y Rajoy. Y que este segundo le resulta más incómodo al actual poder monclovita que el primero.

Al final, va a resultar que en esas «operaciones recambio» a las que tan aficionados son algunos personajes de la derecha, va a estar participando desde la sombra, y sin que casi nadie lo sepa, la mismísima Moncloa, que quiere, en el fondo, que algo cambie para que todo siga igual.

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