Andrés Aberasturi – La solución no es esposar a todos.


MADRID, 30 (OTR/PRESS)

El Evangelio está lleno de citas que sirven para todo y para todos. Y ya que Rajoy acaba de invocar a un personaje de La Biblia, el Santo Job, bueno sería recordar dos sentencias del Nuevo Testamento, aquella que dijo Jesús como quien no quiere la cosa, «quien esté libre de culpa que tire la primera piedra» y la otra tan conocida de la viga en el ojo propio y la paja en el ajeno.

Y es que en esto estamos. A eso asistimos diariamente los ciudadanos de un país que si vota en las próximas elecciones será porque es más bueno que el pan. Cuando aun quedan por descubrirse dos terceras partes del caso «Correa», salta ahora el de Santa Coloma y las negritas de los nombres propios empiezan dispararse pero esta vez en la parte contraria: hasta el ministro Corbacho ha aparecido ya en el lío. Y como cargamos tanto las tintas en la imágenes de los del PP balear esposados/paseados, esta vez la mampara que protege a los detenidos que llegan a la Audiencia Nacional, no parecía estar demasiado bien colocada -que ya es casualidad- con lo cual también hemos podido ver esposados y recogiendo bolsas azules a los detenidos que llegaban de Cataluña para declarar ante el juez Garzón.

Lo malo es que al final vamos a llegar a creer que la verdadera democracia es eso: ver esposados tanto a unos como a otros cuando justamente se trata de todo lo contrario: aspirar a que la sociedad sea capaz de sobrevivir con el menor número posible de sinvergüenzas.

Pero en esta loca carrera en la que estamos metidos, cada mañana se desayuna uno con un nuevo escándalo y por eso no es bueno levantar demasiado la voz a la hora de la bronca al otro: en todas partes salen garbanzos negros que pueden volver contra nosotros los discursos más nobles y más éticos.

Lo verdaderamente grave es que nos acostumbremos, es que terminemos asumiendo que esto es así y qué le vamos a hacer; lo verdaderamente peligroso es que nos lleguemos a creer el impresentable discurso que aprovecha todo para bendecir el sistema: lo bueno de la democracia es que antes o después terminan esposados. Que nadie caiga en esa trampa: lo bueno de la democracia es contar con mecanismos que hagan imposible tales felonías, que impidan que la corrupción y el trinque se hagan endémicos y terminen gangrenando el tejido social. Lo que asombre desde el caso Marbella -y resulta ya una constante en los otros casos- es que «todo el mundo lo sabía». Pues si todo el mundo lo sabe y pasan años sin que nadie tome medidas, es que algo falla y a alguien habrá que preguntarle por qué. Con nuestros impuestos se paga a una larga serie de funcionarios y cargos que tendrán que responder sobre estas cosas: desde el secretario del ayuntamiento hasta el presidente de la comunidad. La solución no es que nos quedemos muy tranquilos porque todos, unos y otros, terminen esposados. Faltaría más; eso es justo lo que hay que prevenir.

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