Rafael Martínez-Simancas – Sin etiqueta – Ataúdes chinos.


MADRID, 3 (OTR/PRESS)

El negocio de las funerarias está «muerto», y no es una alusión a la clientela habitual de estas empresas, sino a que ha llegado el ataúd chino y ha roto el mercado. Son baratos, parecen bonitos y cuelan por cajas de roble cuando están hechos de las virutas de sacar punta a los lápices. El único que podría expresar queja por su acabado es el difunto pero se le trata como un consumidor sin derecho a reclamar debido a su condición de finado. Luís Carandell se hubiera divertido con este nuevo episodio de «Celtiberia Show».

En Galicia están preocupados porque les hunden el sector puesto que no pueden contra ataúdes de setenta y cinco euros, un precio realmente competitivo. Por menos de cien euros resuelves el entierro del abuelito y, encima, te dan cambio para tomarte unas cañas. Es el «Todo a Cien» de la muerte. Los ataúdes chinos llegan en barcos de la morgue que realizan un largo viaje (un recorrido que luego se ampliará con el muerto al que deben acompañar al más allá), por lo tanto son cajas de «larga distancia». Es verdad que ni los materiales, ni el acabado son de primera calidad, pero los deudos no se fijan en el roble sino en la herencia que van a repartir. Es triste hablar de costes cuando habría que hablar de sentimientos, pero en cuestión de regateo funerario todos somos primos lejanos.

Se calcula que hace cien años los españoles pagábamos setecientas pesetas por un entierro con caballitos blancos y caballitos negros; una cantidad desorbitante comparada con el salario medio. De aquellos entierros barrocos (la última estampa la incluyó Manolo Summers en «La Niña de Luto») a estos funerales con ataúdes de top-manta ha pasado un siglo y una gran falta de respeto. Y, en esta ocasión, la culpa es nuestra porque fue un empresario valenciano el que llegó a China con la idea de hacer un encargo que abaratara los costes. De aquí a colocar lápidas de gomaespuma estamos a un paso.

Todo empezó cuando alguien introdujo un vaso con flores de plástico en el cementerio, ese fue el inicio de un declive estético que ahora se manifiesta con los ataúdes chinos. El consuelo es que, al menos, no son reciclables porque lo último sería tener que aguardar, en lista de espera, a que quede uno libre, o buscarlos de segunda mano y con pocos desperfectos. Pero tampoco vayamos a dar ideas porque bastante sufre la industria del ataúd como para sugerir nuevos abaratamiento de los costes.

Nos teníamos por el país que mejor «vida» le daba a sus muertos tal y como dice El Tenorio, pero al final somos unos cuatreros de tanatorio. Unos cínicos de setenta y cinco euros.

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