Antonio Casado – Aguirre, cabo suelto.


MADRID, 4 (OTR/PRESS)

Pues, no. No se han cerrado las heridas en el PP. Al menos la más sangrante. El odio africano que se profesan los dos barones madrileños, Esperanza Aguirre y Alberto Ruiz Gallardón, y su derivada respecto al líder nacional, cuya equidistancia no está libre de sospecha. Lógico. El proverbio encaja a la perfección: los enemigos de mis enemigos son mis amigos. Y Mariano Rajoy no ha olvidado que en la primavera de 2008 la presidenta madrileña se ofreció a la opinión pública española -por la vía estatutaria nunca llegó a dar el paso-, como «alternativa a la resignación» después de la última derrota del PP en elecciones generales y en vísperas del congreso nacional de Valencia en el que iba a ser reelegido el sucesor de Aznar.

Los hechos están ahí. Esperanza Aguirre ha heredado la condición de «cabo suelto» en el PP, antes asignada a Ruiz Gallardón. Es lo que le cuadra a su decisión de no asistir a la reunión del Comité Ejecutivo Nacional convocado el martes pasado, donde se otorgó un general voto de confianza a Mariano Rajoy para acabar con el desbarajuste interno.

De momento, no sabemos si Aguirre se suma al arropamiento de Rajoy, expresado por los dirigentes a lo largo de veintiséis intervenciones. Pero lo que hace inexplicable esa ausencia no es solamente la sospecha de desprecio a Rajoy, que en realidad no sería tanto a Rajoy como a sus propios compañeros apiñados en torno al presidente, sino la oportunidad perdida de explicarse en lo que ella misma ha llamado caso Cobo. Y, naturalmente, de replicar a Cobo, y a Gallardón, que le apoya. Ambos tomaron la palabra en relación con las controvertidas declaraciones del vicealcalde de Madrid al diario «El País», en las que perpetró un ataque en toda regla al aguirrismo.

Con su actitud, la «lideresa» se ha dado un tiro en el pie. Aleja de su causa a los miembros del Ejecutivo y pierde la ocasión de expresar su legítimo malestar por los ataques recibidos. Además, boicotea de hecho los propósitos de enmienda formulados el martes en la cúpula del partido. Mientras Rajoy hacía un llamamiento a la necesidad de lavar los trapos sucios dentro de casa, Aguirre volvía a utilizar los medios de comunicación contra quienes se sitúan en la «equidistancia» entre el «agresor» y la «víctima».

El agresor es Cobo, el equidistante es Rajoy y la víctima es ella, según su propio discurso de juez y parte. Como se le ha dicho que esa tarea corresponde exclusivamente al Comité de Derechos y Garantías, que precisamente escuchó a Cobo este miércoles, y eso a ella le parece de una «equidistancia intolerable», pues decidió el portazo y se fue a Leganés y Majadahonda, en vez de estar donde le reclamaba su deber como dirigente principal del PP. Rajoy ya tiene un motivo para demostrar si iban en serio sus advertencias de que no habrá próxima vez para el desacato y la indisciplina.

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