Fermín Bocos – Periodistas imprudentes.


MADRID, 11 (OTR/PRESS)

El disimulo, la mentira, el engaño o las trampas para difuminar los errores son recursos a los que acuden los políticos cuando las cosas les salen mal. Algunos actúan con prepotencia y descaro; otros, es una cuestión estilo, optan por los perfiles bajos, por la máscara que disimula su verdadero rostro. Hay quienes, como Churchill, fueron de frente a por sus adversarios y otros, como aquél emperador romano, Claudio, que convirtió su aparente debilidad y su impostada bonhomía, en el cayado en el que se apoyó para deshacerse de sus enemigos. Este último me ha recordado a nuestro presidente del Gobierno. En su forma de gobernar hay una constante: cuando surgen problemas serios procura que sean otros quienes den la cara. Tarda en comparecer en el Foro.

Ocurrió cuando la ETA dinamitó Barajas y las negociaciones con el Gobierno. Por aquel entonces fue José Blanco quien acudió a las emisoras. Pasó, también, cuando el incendio de Guadalajara: fue la vicepresidenta (Teresa Fernández de la Vega) quien tuvo que pechar con la ira de los familiares de las víctimas. Ha vuelto a pasar ahora, con el caso del «Alakrana», que por el camino ha «quemado» políticamente hablando a la ministra Chacón.

Han tendido que pasar cuarenta días y varias manifestaciones de los familiares saliendo a la calle con pancartas para que Zapatero se decidiera a hablar con ellos. Y cuando lo ha hecho, ha sido para pedir paciencia a los familiares y para exigir prudencia a los periodistas. La estrategia de fondo siempre es la misma: que recaigan sobre otro -u otros- las críticas por los desaciertos de quien gobierna. En este caso es la pretendida imprudencia de los periodistas al contar lo ocurrido en estos cuarenta días que lleva secuestrado el «Alakrana». Zapatero olvida que la obligación de los periodistas con la sociedad es la veracidad, no la prudencia. Porque la prudencia no es virtud cuando se torna en silencio o complicidad al servicio de los errores o meteduras de pata de los poderosos. Ya digo, el malo de la película, o el torpe, siempre es otro.

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