Fernando Jáuregui – Siete días trepidantes – Oleaje gubernamental


MADRID, 14 (OTR/PRESS)

Resulta que el «Alakrana» está lejos, en el mar internacional -que no somalí–, y quienes se marean, en tierra, son los miembros del Gobierno de España. Hay quien dice que llevamos dos consejos de ministros, dos, en los que no ha sido precisamente armonía lo que ha reinado entre los responsables de algunas carteras, aunque luego la vicepresidenta Fernández de la Vega salía bravamente a lidiar con el oleaje de las preguntas de los periodistas: no, no hay diferencias, dijo, entre ella y la titular de Defensa, Carme Chacón, aunque resulta innegable que la inteligencia militar advirtió en contra del traslado, recomendado por y a la abogacía del Estado, de los dos piratas a España.

Es la presencia de los dos delincuentes la que, admitámoslo, ha puesto en un brete a juristas, jueces, abogados, clase política y medios de comunicación. Una presencia que va a encarecer el rescate y de la que muchos son culpables -acaso Garzón, a quien se echaron inicialmente encima todas las responsabilidades, el que menos–, aunque ya poco importe y de nada sirva andar echándose los trastos a la cabeza: habrá un cambalache jurídico, todos tendremos que tragar el sapo, se pagará un generoso rescate a los piratas, el ya famoso bufete de Londres se llevará -por razones humanitarias, eso sí- un buen pellizco, lo mismo que ciertos letrados nacionales que imaginamos, y una suerte de vergüenza colectiva se apoderará de todos nosotros tras el «arreglo» al que se llegue. Después… ya veremos lo que ocurre después.

En fin, a lo que íbamos: que el Gobierno no pasa precisamente por sus mejores momentos, aunque la discreción es la tónica entre los ministros estos días: no conviene aventar diferencias ni exponer criterios legales demasiado dispares, aunque los haya. Sume usted a lo del «Alakrana», donde tan poco airosos hemos estado casi todos, la información, que copó los titulares económicos, de que todos los grandes europeos salen de la crisis, menos nosotros, y añada la guinda de la escandalera que se ha montado con la decisión de un juez imputando al secretario de Estado para la UE, Diego López Garrido, por presunta malversación y prevaricación. Una noticia que llegó al tempestuoso Consejo de Ministros cuando este ya concluía, y que obligó a López Garrido a convocar una rueda de prensa inmediata: «estoy tranquilo, todo está clarísimo y no pienso dimitir», dijo.

Hizo bien en acudir con prontitud a los medios, hizo bien el secretario de Estado en dar explicaciones e hizo bien en salir a torear el morlaco que le azuzó el centro de estudios jurídicos Tomás Moro, especializado, por lo demás, en demandas contra clínicas abortistas. Veremos en qué queda esta acusación por haber concedido, siendo secretario de Estado, una subvención a una fundación cercana al socialismo, Alternativas, de la que él fue patrono. Hace también bien en no apresurarse a dimitir por un tema que huele a menor y, desde luego, huele a estar dentro de los márgenes de lo legal, aunque quizá no de lo políticamente elegante; imagine usted qué ocurriría si, a mes y medio de que España comience la presidencia de la Unión Europea, nada menos que el secretario de Estado de la cosa tiene que abandonar el cargo. Nada bueno se derivaría, desde luego, para los intereses y la imagen de nuestro país.

Ya ven que ni siquiera desde la oposición, ocupada como está en sus propias convenciones -ahora en Cataluña– para garantizar la estabilidad de su líder, se han lanzado las campanas al vuelo: cuando el enemigo está ocupado, lo mejor es no distraerle, deben pensar en el Gobierno, parafraseando a Napoleón. Así que, para no distraer demasiado, ha habido algunas llamadas educadas entre Zapatero y Rajoy y consenso, al fin.

Consenso, digo: ¿sobre el «Alakrana»? No, qué va. ¿Acerca de la presidencia europea? Frío, frío. ¿Para combatir la crisis económica? De ninguna manera. ¿Entonces? Entonces, resulta que el único pacto tangible últimamente entre socialistas y «populares» se ha dado en torno a la figura del nuevo presidente de la Corporación RTVE, un ex ministro de UCD y persona respetabilísima, de ochenta y un años, llamado Alberto Oliart, que lo primero que ha hecho ha sido reconocer que de la tele sabe más bien poco. Pero, contra lo que ocurría con otros candidatos propuestos por el Gobierno o por el PP, sucede que Oliart no molesta. Que, a estas alturas de la película, es lo que conviene: discreción y bocas cerradas, que ya nos lo ha advertido el presidente Zapatero.

fjauregui@diariocritico.com blog: http://diariocritico.com/blogs/politica/

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