Carlos Carnicero – Pesqueros artillados


MADRID, 22 (OTR/PRESS)

Cuesta imaginar al guarda de seguridad de una hamburguesería armado con una ametralladora, sin uniforme, en la cubierta de un barco donde se trajinan los atunes. La primera pregunta es si el nuevo mercenario se mareara en cuanto el mar gire a fuerza cuatro. La segunda si se acostumbrara a una vida entre pescadores, sin horas, sin familia y sin descanso, más allá de la siesta en una litera.

Cuando el estado contrata fuerzas armadas empieza a perder el control sobre ellas; sobre todo porque cuando dejen de ser necesarios, los nuevos mercenarios tendrán que buscar empleo en zonas de guerra porque ya no sabrán hacer otra cosa que portar ametralladoras de grueso calibre.

Los piratas también evolucionarán sus modos y sus estrategias. En el fondo esto es una guerra entre los señores del Indico y quienes quieren faenar y cruzar esas aguas internacionales. Si hasta ahora los corsarios sólo necesitaban velocidad para alcanzar las naves y apresarlas, ahora tendrán que reducir a los mercenarios que transportan. No es inimaginable que las normas de seguridad adoptadas terminen siendo peligrosas y los enfrentamientos armados promuevan víctimas.

Pero en todo caso, las decisiones de artillar los pesqueros pueden ser el inicio de una escalada bélica desde embarcaciones civiles. Dónde está la reflexión política de si merece la pena pescar atunes que deberían llevar una advertencia: «este pescado ha sido posible por el calibre 7,75 de una ametralladora de guerra; consúmalo despacio porque puede ser explosivo».

La política se ha acotado a los extremos de una sentencia de José María Aznar que ha terminado por tomar carta de naturaleza en el Gobierno de José Luis Rodríguez Zapatero: «había un problema y lo hemos solucionado».

Los fines justifican los medios tanto para institucionalizar el pago de rescates como para utilizar a civiles armados para repeler a los corsarios. ¿Qué ocurrirá cuando se produzca el próximo secuestro? Tal vez el Banco de España debiera abrir una sucursal en Somalia para facilita el pago de rescates. O permitir a las agencias de seguridad tener bases militares para bombardear piratas. Es sólo un problema de imaginación sin reflexión.

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