Fernando Jáuregui – El CNI que tenemos, para bien o para mal.


MADRID, 25 (OTR/PRESS)

Entiendo que ha habido demasiados escándalos relacionados con los servicios españoles de inteligencia, y eso ha hecho que su papel se devalúe (añadir, claro está, el morbo del síndrome Mortadelo y Filemón»). Pero me parece que tiene razón Zapatero, que tanto hizo en su día por degradar, con un nombramiento tan incompetente como el de Alberto Saiz, el Centro de los espías, cuando dice ahora que «al CNI no se le tima así como así».

Ignoro lo que hay tras la noticia de que tres agentes de «la casa» fueron engañados por un falso funcionario somalí que les «sacó» un millón de euros a cambio de una falsa liberación de varios pescadores del «Alakrana»; sí sé que, como profesional del periodismo, pedí confirmaciones donde debía pedirlas y me desmintieron la noticia. Respeto a quien la dio -un gran profesional, sujeto, como todos, a los vaivenes de la locura de rumores y filtraciones interesadas de estos días–, pero me temo que, dentro del clima de voladura de las instituciones que vivimos ahora, el Centro Nacional de Inteligencia ha entrado a formar parte del sector de las víctimas, tras tantos años de estar al otro lado.

Fui el primero en criticar la anterior etapa de la «casa de los espías», convertida en un zoco absurdo por quien fue su director. O, incluso, por algunos de los que fueron sus directores. Y he querido estar entre los primeros que piden abrir una línea de crédito a este «nuevo» Centro, dirigido por un militar prestigioso sobre quien recaen pocas sombras de sospecha de aprovechamiento del cargo en lo personal y sobre quien difícilmente se puede decir, por su trayectoria, que no está preparado para el puesto.

Algún día sabremos, imagino, la verdad y toda la verdad sobre las peripecias que llevaron a la liberación de los pescadores secuestrados por los piratas somalíes. Habrá entonces que calibrar desde la imprudencia de los propios pescadores hasta sus reacciones militantemente hostiles a las gestiones, algunas bien erráticas, pero con final feliz, del Gobierno que los liberó. Pasando, claro, por los errores de algunos ministros y funcionarios, incluyendo el haber traído a Madrid a los dos piratas capturados, algunas declaraciones imprudentes…qué sé yo. Y no olvidaremos ciertas reacciones precipitadas de la oposición, afortunadamente corregidas por el buen tino de Mariano Rajoy, tras conversar telefónicamente con Zapatero. O podríamos hablar de los jueces, de ciertos comentaristas mediáticos…

Ya digo: tiempo habrá de analizar con calma lo sucedido, lo que se hizo rematadamente mal y no tan mal en estos casi dos meses de agonía, en los que a punto estuvo de caer un Gobierno (o casi) y en los que dio la sensación de que una partida de desalmados hambrientos -y los bufetes internacionales que los apoyan_ponían en jaque a varios estados de derecho.

Pero, aun criticando no poco algunos comportamientos gubernamentales -que fueron desde la imprudencia verbal hasta la falta de un criterio claro–, me parece que quizá ahora no haya llegado del todo el momento de dar las explicaciones al completo. En la sesión parlamentaria de este miércoles, desde luego, no se dieron, contra lo que pedía la portavoz del PP, Soraya Sáenz de Santamaría.

Llegará, sin duda, la oportunidad de la investigación a fondo, de la petición de responsabilidades. Pero entre ellas está también la de quienes tratan de devaluar el papel del Gobierno -que, nos guste o no, es «nuestro» Gobierno, el único capaz de gestionar estas crisis_y el de algunos organismos -que, actuando mejor o peor, son los encargados de defender nuestros intereses–. El tan traído y llevado CNI, que tantos dislates ha cometido, pero sospecho que no precisamente ahora, figura sin duda entre estos organismos sometidos al pinpanpum de la veleta de la opinión pública y publicada.

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