Fernando Jáuregui – No te va a gustar – Esto de las «cumbres» hay que cambiarlo…


MADRID, 1 (OTR/PRESS)

Escribo tras la conferencia de prensa, que en total incluyó apenas cuatro preguntas, con la que el presidente del Gobierno español, Rodríguez Zapatero, puso fin en Estoril a la 19 «cumbre» iberoamericana, que, para desesperación de los periodistas que nos encargábamos de cubrirla, tan poco eco ha encontrado en los medios españoles y americanos, para no hablar de los propios portugueses.

Y la verdad es que no faltan razones para tal desinterés: si la «cumbre» `que ha agrupado -con notables ausencias, eso sí_ a los jefes de Estado o/y de Gobierno de los países que componen el concepto de Iberoamérica ha sido noticia por algo, lo ha sido por cuestiones colaterales: por ejemplo, la inestabilidad en Honduras, las desavenencias entre Venezuela -Hugo Chávez no estuvo en la «cimeira» portuguesa, y tampoco los demás «bolivarianos»_ y Colombia, la próxima reunión de Copenhague sobre el cambio climático o el MERCOSUR*

Nada, o muy poco, se ha comentado sobre los temas de la agenda propiamente dicha y que tienen que ver con la potenciación de la comunidad iberoamericana, casi seiscientos millones de personas, como los esfuerzos por potenciar la innovación y la educación, cuestiones que constituían el lema oficial de este decimonoveno encuentro. Es decir, ha ocurrido casi lo mismo que en las anteriores dieciocho ediciones anteriores: que cuestiones de política coyuntural, puntuales, han ensombrecido las declaraciones, siempre algo retóricas, llenas de buenos propósitos, sobre avances en cuestiones que puedan afectar beneficiosamente a las poblaciones de los países iberoamericanos.

Cuando están a punto de conmemorarse dos décadas de estas «cumbres», puestas en marcha durante el mandato de Felipe González y sufragadas en buena parte por España, se constata que esos avances reales para el bienestar de los pueblos son pocos, si se exceptúan las realizaciones de la cooperación española.

Por ello, no sería de extrañar que, ya de cara a la próxima «cumbre», la vigésima, a celebrar en Buenos Aires, se introduzcan cambios en el funcionamiento y en el propio concepto de lo que estos acontecimientos significan. Así pareció sugerirlo el propio Zapatero, en una de esas ruedas de prensa que dan pocos titulares, en la que dijo que el año próximo, vigésimo aniversario, será un buen momento para una «valoración global» del proceso de consolidación de estos encuentros, en los que, por ejemplo, México y Brasil tienen sus propias ambiciones y a los que otros países, como Argentina o Colombia, concurren con ciertos recelos.

Ni siquiera llegó a plantearse en esta decimonovena edición la pretensión, alentada por España y Portugal, y poco grata al «imperialista» Brasil, de incluir como observadores privilegiados a países no iberoamericanos de habla española o portuguesa, como Guinea Ecuatorial, Filipinas, Angola, Mozambique, Guinea Bissau, Cabo Verde o Timor. Un intento de crear una «Commonwealth a la iberoamericana» que parece ir demasiado despacio, pero que, veinte años después, podría tratar de reactivarse.

Mucho dependerá de los buenos oficios de la Secretaría General Iberoamericana, con sede en Madrid y que dirige el diplomático y economista uruguayo, de origen asturiano, Enrique Iglesias, que despliega una enorme actividad para mantener la llama sagrada. Yo diría que esta edición ha constituido una cierta decepción en cuanto a lo obtenido, pero, al menos, se han visto las caras -los que se las han visto, claro–, han hablado y han constatado, en algunos casos -como en los de España y México- que existe gran identidad en los puntos de vista respecto a una concepción particular del mundo. Algo es algo, y solamente por ello resulta conveniente, me parece, mantener estos encuentros, aunque haya que retocar los mecanismos para que déla sensación de que sirven para algo más de lo que ahora lo hacen.

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