Rafael Martínez-Simancas – Sin etiqueta – El inocente condenado.


MADRID, 1 (OTR/PRESS)

Una cosa es dar la importancia que tiene la mayoría y otra cederle el poder de ser decisiva en determinados temas, por ejemplo en audiencias. El pueblo soberano también se equivoca (¿o no fue el pueblo el que desmontó a los caballos que traían la carroza de Fernando VII de regreso y se pusieron ellos como animales de carga para gritar ¡Vivan las cadenas!?). El último episodio es el «linchamiento civil» de un inocente al que culparon de haber violado y matado a una niña de tres años. Su cara circuló por toda la red y sobre él se volcó la ira del pueblo. Finalmente Diego Pastrana fue absuelto y puesto en libertad, pero aunque le devolvieron a la calle su vida no será la misma.

La mayoría opinante volcó sobre él la ira de una lapidación mediática a la que contribuimos los periodistas en la loca carrera por informar. Una vez más (otra), se ha desmontado un juicio paralelo que ha dejado herido a un inocente. El informe forense dice que la niña falleció como consecuencia de haber caído días antes del columpio y que, en ningún caso, Diego Pastrana le había sometido a vejaciones que le causaron la muerte.

¿Se puede hablar de «respetable» (por el público) en este caso?, lanzar piedras sobre el reo es algo que divierte, que entretiene y que da mucha audiencia. A diario lo vemos en los programas del corazón donde la reputación de una persona vale lo mismo que las bolsas de patatas fritas que anuncian en los intermedios; nada. Y, basados en la estrategia de esos programas, se han creado otros que hacen de la crónica negra un espectáculo cotidiano. Tienen tanta fuerza que han condicionado las primeras páginas de los diarios y han colocado la foto de Diego Pastrana en la picota de una ejecución sumarísima y sin apelación. Suerte tiene Pastrana de no haber caído en un sistema jurídico con menos garantías, porque en otro caso le hubieran ejecutado en la plaza pública. La reina de «Alicia en el País de las Maravillas» lo dejó dicho: «¡No, no, primero la sentencia, luego el veredicto!». ¿Para qué vamos a esperar en saber si es inocente cuando podemos pasarlo muy bien condenándolo por aclamación?

En cierto sentido lo que se ha hecho con Diego Pastrana es lo mismo que se comete con la cabra que se arroja desde el campanario de Manganeses de la Polvorosa invocando una ancestral tradición. Lancemos al culpable a la hoguera y hagamos de sus gritos un espectáculo rentable de audiencias y publicidad.

Diego Pastrana tardará mucho tiempo en recobrar el concepto de «normalidad», y quizá no lo encuentre nunca. Algunos muestran dolor y piden excusas por haberle condenado sin pruebas, pero la gran mayoría sólo lamenta haberse quedado sin reo que pasear en el burro. El de hoy se ha librado; mañana saldrán a por otro.

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