Antonio Casado – El grito de Haidar.


MADRID, 7 (OTR/PRESS)

El presidente Zapatero aclaró este domingo que el móvil de nuestra implicación en el caso Haidar es el interés general. En otras palabras, se trata de resolver el problema creado por la huelga de hambre de Aminatou Haidar sin poner en riesgo la política de buena vecindad con Marruecos. Dijo Zapatero que se está haciendo todo lo posible pero que es muy difícil encontrar una solución.

Siempre es difícil enfrentarse a una situación que nos desnuda. El grito de Haidar pone al descubierto nuestras contradicciones. Las de nuestra política exterior, caracterizada por la defensa de los intereses y el paso atrás de los principios. En ese juego participa España. Un actor más en el mapa de las conveniencias. Si ahora mismo Zapatero y Moratinos decidiesen aparcar la «realpolitik» en nombre de los grandes valores del llamado mundo civilizado, seríamos un verso suelto de la política internacional.

No es el caso, y el presidente del Gobierno lo dejó muy claro en sus declaraciones del domingo, en los pasillos del Congreso, después de los actos conmemorativos de un nuevo aniversario de la Constitución. En su conversación informal con los periodistas, después del nuevo portazo político de Marruecos al retorno de Haidar a El Aaiun, Zapatero estuvo equívoco y resbaladizo en los términos utilizados. Una confusa apelación al derecho a la vida en relación con los intereses generales y la política de buena vecindad.

Demasiados rodeos para solidarizarse con Haidar y, al mismo tiempo, no hacer nada que pueda incomodar a Marruecos en el contencioso del Sahara. Zapatero no molesta a Mohamed VI en el asunto más sensible de su política interior y, a cambio, éste se olvida de Ceuta y Melilla, permite el abordaje de empresas españoles, nos permite pescar en sus aguas territoriales y no nos manda pateras. Ese es el resumen de la política española respecto a Marruecos, sintonizada a su vez con las potencias occidentales (EE.UU. y Francia, básicamente), que han decidido seguir esperando hasta que los saharauis se rindan por agotamiento a las tesis marroquíes. Les basta dejar que el dossier siga durmiendo en la capeta de «conflictos de baja intensidad».

Es el discurso propio de los profesionales de la política. A distancias siderales de la didáctica sencillez que encontramos en la réplica de Aminatou Haidar a quienes le piden que conserve la vida por el bien de sus hijos: «Prefiero que vivan sin madre pero con dignidad».

No muy distinto debe ser el espíritu resistente de los 200.000 saharauis que soportan durísimas condiciones de vida en los campamentos del desierto, a la espera de que Estados Unidos, Francia y España cumplan y hagan cumplir la legalidad internacional, que todavía no ha decidido a quien corresponde el título de soberanía sobre una colonia abandonada a toda prisa por España ante el chantaje de la «Marcha Verde» (1975).

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