Rafael Torres – Al margen – Haidar, en tierra de nadie.


MADRID, 7 (OTR/PRESS)

El caso de la señora Haidar, cuya vida hoy más que nunca pende de un hilo, se halla en un callejón sin salida porque el caso general en el que se inscribe, el del abandono del Sáhara por parte de España y su ocupación militar por Marruecos, se halla igualmente en un callejón cegado porque así lo han querido los gobiernos de las potencias internacionales que se han sucedido, durante más de treinta años, desde aquella traición y aquél despojo. O dicho de otro modo: porque la ONU ha considerado como más conveniente por no se sabe (o sí) qué intereses, que todo un pueblo, el saharaui, se consuma en tierra de nadie, bajo el sol y sobre la arena, y sobreviva no merced a su vitalidad, a su pericia, a su trabajo y a sus proyectos nacionales, sino a la beneficencia. Y desde luego es natural que quienes, como la señora Haidar, sufren diariamente la ocupación extranjera que lamina las libertades, las personales y las colectivas, de su pueblo, adopte, por la pura desesperación que genera el más absoluto desamparo, una actitud de tan extrema dignidad.

Habrá quien no entienda que alguien sea capaz de perder la vida en el intento de recobrar siquiera una parte de ella. Más difícil de entender, sin embargo, es el trato que en los últimos decenios ha dispensado la comunidad internacional al noble pueblo del Sáhara, al que se le escamotea la justicia a cambio de la caridad. España y Marruecos, los países que han «matado» a ese pueblo, ¿habrán de esforzarse en salvar la vida de uno de sus miembros, la de la señora Haidar que agoniza, cómo no, en tierra de nadie? A quienes no somos gobierno, ni, en consecuencia, nos maniatan los «altos intereses del estado», nos interesa mucho, por el contrario, salvar la vida de esa mujer cuyos hijos, en El Aiun, presienten su orfandad. Si muere, no será ella, sino España, quien pierda la dignidad que, por lo demás, ésta nunca tuvo en su proceder con su antiguo territorio del desierto.

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