Antonio Casado – Lorca, en la leyenda.


MADRID, 21 (OTR/PRESS)

Si ya venía ocurriendo, ahora con más razón. Hablar de Lorca es hablar más de su muerte que de su vida. Y con el misterio de su tumba, que acaba de tomar cuerpo, listo para mantener vivo el mito. O la leyenda, como conviene a esta especie de santos laicos del retablo nacional. Por ahí van los famosos versos de la elegía dedicada por Rafael de León al poeta del 27 asesinado en Granada por los represores alistados en la rebelión militar del 36: «Sangre en verso derramada, poesía dulce y roja que toda la vega moja en amargo desconsuelo, sin paño de terciopelo ni cáliz que la recoja».

Leña al fuego del mito lorquiano. Panteísmo de sus devotos con licencia para fabular sobre el paradero de sus restos, después del pinchazo de los arqueólogos a la verdad canónica, localizada en el barranco de Víznar (fosa de Alfacar). De la Junta de Andalucía depende ahora la continuidad del pulso entre la ciencia y la historia. Tres hipótesis más: el Caracolar, el Valle de los Caídos o la tumba sin nombre. Pero pueden convertirse en trescientas cuando el misterio levante el vuelo entre los mitómanos, más interesados en la leyenda que en la razón científica o en la razón histórica.

En cualquier caso, como digo, se corre el peligro de que el poeta español más conocido del siglo XX acabe siendo glosado más por su muerte que por su vida. Lo cual también servirá a sus adversarios para rescatar ese lugar común que consiste en relacionar su fama universal a la forma de morir. Con tumba o sin tumba, sería injusto, y poco ajustado a la verdad, que Lorca hubiera pasado a la historia como un poeta del montón de no haber sido por su trágica y prematura muerte.

Las circunstancias de su muerte también contribuyeron a la expropiación política de su figura por parte de uno de los bandos enfrentados en la guerra civil. Sin embargo, cualquier estudioso medianamente documentado sabe que la dimensión política de Lorca, entendida como adhesión a un partido u otro, es secundaria. Y no digo que la política le fuera indiferente porque en aquella desdichada hora de nuestra historia, cargada por la amenaza fascista en toda Europa, era imposible que un intelectual se mantuviera al margen.

Lorca, pues, fue un intelectual comprometido con el antifascismo, pero jamás militó en ningún partido. La única ideología que abrazó fue la de la libertad. Libertad y culto a la belleza, como las dos grandes palancas de su pasión creadora. Por supuesto, simpatizaba con el régimen de la Segunda República. Y es evidente que las fuerzas conservadoras que apoyaron la sublevación militar de aquel verano de 1936 no iban a crear las condiciones adecuadas para encauzar aquella pasión creadora del poeta, que brotaba casi de forma instintiva, como una fuerza de la naturaleza. En ese sentido, Lorca y el Franquismo eran incompatibles.

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