Fernando Jáuregui – Siete días trepidantes – Pues resulta que ni ZP ni Rajoy nos convencen.


MADRID, 02 (OTR/PRESS)

José Luis Rodríguez Zapatero y Mariano Rajoy comienzan su particular batalla política en los primeros periódicos del año, que publican sondeos de opinión sobre intención de voto. Son buenas noticias, con sordina, para el líder «popular», que ve cómo en unas encuestas su partido, el PP, aumenta distancia con respecto a su rival, el PSOE, aunque en otras esta diferencia se acorta. Es decir, las espadas están en alto, aunque hay datos que a ambos deberían hacerles meditar: los dos suspenden en el aprecio de los electores, y la desconfianza hacia la gestión política del uno y del otro es masiva. Es decir, que durante 2009 no han captado, sino más bien al revés, la benevolencia de los ciudadanos que los eligen y pagan sus sueldos y los de los dirigentes de sus partidos.

Así, 2010 comienza sustancialmente igual que 2009 -recuerdo alguna encuesta de comienzos de año que aportaba similar despego de los españoles hacia su clase política-, aunque los socialistas han descendido bastante en la intención de voto directa de los electores. La crisis y me da la impresión de que un cierto aire distante de Zapatero y de sus principales colaboradores con respecto al hombre y la mujer de la calle están produciendo devastadores efectos. El presidente no tiene apenas quien le defienda en las columnas de los periódicos, en las tertulias radiofónicas y, me parece, en las sobremesas familiares o de amigos. La tragedia de Rajoy es, ya se sabe, que se muestra incapaz de aprovechar ese tremendo hueco que le dejan los socialistas.

Así las cosas, es cierto que estos doce meses serán decisivos para ir ganando posiciones de cara a las confrontaciones electorales de 2011 y 2012. Pero hay algo mucho más importante, pienso: el liderazgo político anda, en términos generales, de capa caída. Tanto Zapatero y su Gobierno, en el que solamente dos o tres ministros/as y/o vicepresidentas parecen encontrar una cierta dosis de popularidad, como Rajoy y su equipo, tienen que aportar más calor al cuerpo electoral. Más ideas que entusiasmen. ¿Cómo intentar conectar con unos españoles que quieren grandes acuerdos entre los partidos cuando se les dice que, por razones ideológicas, no se quiere concertar la política económica, que a todos nos tiene angustiados? Así, no resulta extraña la desafección del electorado.

Aunque, si tengo que decirles la verdad, y sin sentir el menor entusiasmo por el aspirante, debo decirles que me parece mucho más chocante el bajísimo índice de popularidad de Rajoy que el de Zapatero. Puede que el primero haya hecho pocas cosas y no acabe de acertar en su política de comunicación -¿a quién se le ocurre despedir el año tocado con un gorro de cocinero que le sentaba como a un Papa Noel un traje amarillo?-. Sí, puede que a Rajoy le ocurra todo eso, y más.

Pero ZP ha ido perdiendo paulatinamente buena parte de los encantos que le llevaron al sorpresivo triunfo: su sonrisa es cada día más helada -y heladora-, su porte más hierático, su humor más inexistente, sus aseveraciones menos creíbles. No solamente tiene un problema con sus recetas, que no siempre parecen acertadas, por decir lo menos: empieza a tener un serio problema de imagen. Y no estoy seguro de que la proliferación de «photo opportunities» con los líderes del mundo mundial que le va a permitir la presidencia semestral de la UE basta para contrarrestar este problema, que no es algo que puedan arreglar los expertos en estas cuestiones a base de recomendar tales o cuales gestos o tales o cuales colores de trajes y corbatas: para quien no lo haya notado, ZP está experimentando ya, cuando comienza el séptimo año de su mandato, un agudo síndrome de La Moncloa.

El, que llegó con la bandera de la proximidad, de la normalidad, de la modestia -Obama aterrizó en la Casa Blanca con similares pretensiones, pero mejor ejecutadas-, del progresismo sin cartonajes, ha comenzado a levitar, y se separa crecientemente del planeta Tierra. Que no se extrañe si las encuestas le dan algunos varapalos. Y que dé gracias a Rajoy si esos palos no son mayores.

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