Fernando Jáuregui – Siete días trepidantes – La Europa-España de los mil quinientos


MADRID, 9 (OTR/PRESS)

Mil quinientos. Ese fue el «numerus clausus» de asistentes a la gala en el Teatro Real madrileño con la que se iniciaba de hecho el semestre presidencial español de la Unión Europea. Un acto formal algo frío, del que, obviamente, estuvieron, por razones de espacio, excluidos muchos segmentos de la sociedad española. Pero los políticos sí estaban, casi todos, y es de resaltar el hecho de que en la gala había más presidentes autonómicos -doce en total, entre ellos, sí, el supercuestionado president de la Generalitat catalana, José Montilla_ que en las conmemoraciones de la Constitución o en el día de la fiesta nacional.

Así que la gala quedó excesivamente oficial, demasiado formal, con un buen espectáculo que los críticos afortunados que asistieron han elogiado. Lo cierto es que la arrancada de este semestre presidencial, en el que tanta ilusión ha puesto Zapatero, quedó, como la gala con una temperatura gélida, algo desvaída, demasiado distante de la ciudadanía. Podría haberse concebido algún espectáculo más cálido y participativo, pero se prefirió el modelo clásico, la Europa o, mejor, la España, de los mil quinientos. Los demás, andaban en otras cosas.

Lástima también que este arranque haya coincidido con algunos creo que excesivamente severos comentarios de los medios económicos especializados anglosajones dirigidos, a priori, contra la gestión española en la presidencia de la UE: los «Financial Times», «Economist» y «Wall Street Journal» no se distinguen precisamente por su cariño hacia este Gobierno ni hacia sus actuaciones, lo que, en parte, es comprensible y en parte, no tanto. Lástima también que el pistoletazo de salida se haya mezclado con la aparición de los datos de Eurostat, en los que, comparativamente, nuestro país no sale demasiado bien librado, por mucho que, en una conferencia de prensa con los presidentes del Consejo y de la Comisión europeos, Zapatero se esforzase por recrear el «milagro español» y se irritase cuando una periodista le preguntó si se siente moralmente autorizado para liderar Europa.

Naturalmente que España está moral y físicamente preparada para ejercer un buen semestre presidencial, incluso teniendo que poner en marcha los nuevos mecanismos institucionales derivados del Tratado de Lisboa. Nunca me pareció del todo adecuado ese tono crítico «preventivo» que emplean algunos colegas y ciertos portavoces de las oposiciones cuando de materias de política exterior se trata. Siempre pensé que, sea cual sea la pericia del Ejecutivo de turno, hay que sacar pecho y tratar de hacer país.

Pero esa es una cosa y constatar que el comienzo de presidencia europea ha sido algo decepcionante, es otra. Si la presidencia se va a resumir, al final, en una cuestión de «imagen española», porque mucho más no se va a poder hacer, habrá que cuidar con mayor esmero y astucia algunos detalles: quien creyese que la «photo opportunity» de Zapatero con Delors, Felipe González y Solbes iba a contribuir a potenciar esa imagen, precisamente el día en el que salían las cifras del paro de diciembre, se equivocó de medio a medio. Quien piense que el clima de confrontación con la oposición de aquí a junio puede derivar en algo beneficioso para el Gobierno (o para la oposición), sin duda yerra. Hay que decirlo una vez más: es tiempo de cooperación, no de pelea. Es el momento de ilusionar a todos los españoles, de ganarse su confianza; no de hacer la «España de los mil quinientos», mientras los otros cuarenta y cuatro millones permanecen ajenos a los eurofastos. ¿Entenderán alguna vez tan simple e inequívoco mensaje quienes tienen que entenderlo?

fjauregui@diariocritico.com

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