Charo Zarzalejos – La sacudida.


MADRID, 15 (OTR/PRESS)

Haití se ha roto. Las entrañas de su tierras han gritado, se han envalentonado y han estallado provocando una inmensa y terrible sacudida. Muertos sin nombre, ojos sin mirada, rostros sin gestos conforman el mosaico de un país del que todos sabemos hace mucho, demasiado tiempo, que es el más pobre del inmenso continente americano. Uno de los más pobres del mundo. Lo sabíamos y allí todos los demás países, o al menos una buena parte de ellos, tienen sus ONG»s, pequeños destacamentos militares, ayudas puntuales… en fin, esas iniciativas que ayudan a lavar conciencias y con las que los ricos tratamos de hacer más llevadera nuestra propia impostura ante el dolor y la miseria ajena.

Haití es la historia de una permanente sucesión de horrores y de desmanes, de corrupción, barbarie e ineficacia. El resultado, en pleno siglo XXI, es el de un país fallido en el que el 46 por ciento de la población es menor de 18 años sin esperanza que llevarse nada a la boca y del que aquellos que pueden huir lo hacen sin pensarlo dos veces. Desde aquí, desde el primer mundo, en donde todo lo tenemos y a todo tenemos miedo, resulta inimaginable que se pueda vivir como viven millones de haitianos sin que pase nada.

Como ocurre cuando se producen desgracias de grandes dimensiones, la comunidad internacional reacciona con rapidez y generosidad. Bastan unas cuantas horas para poner en marcha toda una cadena de actuaciones que, sin duda, resultan imprescindibles para no agigantar la ya descomunal desgracia. Y así debe ser. Pero cuidado, porque historias similares ya las hemos visto: llega la desgracia, viene la conmoción, la ayuda urgente, se retiran los muertos y volvemos a la impostura que hace posible que mientras en el primer mundo se desechan alimentos por una superproducción de los mismos, en Haití y en otros rincones del mundo más cercanos a nosotros, sus gentes incluso han perdido el miedo porque para ellos la diferencia entre la vida y la muerte no es el abismo que lo es para nosotros, los integrantes del primer mundo, en donde cunden las alertas por las consecuencias de una mala o una excesiva alimentación, sube el colesterol y se multiplican las posibilidades de sufrir un infarto. Si los pobres del mundo supieran de estas preocupaciones mereceríamos todo su desprecio.

Mucho me temo que los gritos de la tierra de Haití van a quedar en una sacudida. En una sacudida accidental, provocada por la naturaleza que cuando se enfada no hay quien la pare y que se ceba si lo que se encuentra a su paso es débil y frágil como lo es Haití con el consentimiento de todos los demás. ¿Alguien puede creer que con la debida y sostenida presión internacional el Gobierno haitiano sería tan ineficaz y corrupto? ¿Es tan utópico pensar en una acción internacional destinada a dar formación a esos millones de jóvenes que hoy deambulan más perdidos que ayer por las calles de Puerto Príncipe? Soy de las que creo que si queremos el mundo puede cambiar. Lo podemos hacer mejor y debemos hacerlo mejor porque tarde o temprano, de una manera u otra, esos rostros sin gestos y esos ojos sin mirada nos acecharan como espectros por todo aquello que pudimos hacer y no hicimos.

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