Francisco Muro de Iscar – Hay miles de niños en las calles de Haití


MADRID, 17 (OTR/PRESS)

Escucho el último CD de Mercedes Sosa, tristemente desaparecida, mientras repaso las últimas noticias sobre Haití.

«A esta hora exactamente hay millones de niños en la calle. … Es honra de los hombres proteger lo que crece Evitar que naufrague su corazón de barco»

A esta hora exactamente hay miles de niños en las calles de Haití miles de niños muertos, heridos, atrapados por los escombros, sin familia, sin nada. Multitud de niños en la calle mirándonos a todos con asombro y tristeza. Haití era antes del terremoto, pobreza, tal vez habría que decir miseria, violencia, falta de respeto a la vida, insalubridad, instituciones políticas débiles y en ocasiones inactivas o inútiles, de educación, carencia de alimentos, de atención básica sanitaria. Y, por si fuera poco, le ha caído la más terrible tragedia. Un país que ha sufrido los efectos de la violencia y de la extrema inestabilidad política y económica durante la mayor parte de su historia y que ahora es nada.

«Dentro de unos días, cuando se acabe la tragedia televisada, el espectáculo terrible, el circo del drama, Haití volverá al olvido del mundo»

Es cierto que cuenta con la solidaridad internacional, aunque nadie podrá devolver la vida a decenas de miles de personas, enterradas entre los escombros o a los cientos de miles que se han quedado sin hogar, sin raíces, sin recuerdos, sin nada. Las conciencias de los que vivimos en la opulencia, o al menos lejos de toda precariedad, se conmueven y se movilizan. Los Gobiernos envían rápidamente ayudas. Las ONGs desarrollan campañas de búsqueda de fondos y los bolsillos son generosos. No todo lo generosos que podrían, pero generosos. Todo es bueno para la dignidad de los que se ven obligados a vivir como si no la tuvieran.

Pero dentro de unos días cuando se acabe la tragedia televisada, el espectáculo terrible, el circo del drama, Haití volverá al olvido del mundo, los Gobiernos mirarán para otro lado y la pobreza, la miseria, la falta de derechos, el hambre, las construcciones de papel, la extrema violencia urbana, la mortalidad materna, con una de las tasas más altas del hemisferio, el desarraigo y la vulneración de los derechos humanos de cientos de miles de personas dejarán de ser noticia porque las cámaras, los objetivos estarán ya en otro sitio y los Gobiernos estarán en otras preocupaciones.

No es verdad que todos los hombres sean iguales ni tengan las mismas oportunidades ni los mismos derechos. Basta nacer en Estados Unidos o en Haiti, en un barrio o en otro, en Cádiz o en el Sahara, en la Cañada Real o en el madrileño barrio de Salamanca para que la vida sea tan diferente, tan distante, tan otra que no se parezca en nada. La catástrofe de Haiti debería enseñarnos algo, enseñarnos a dar y a exigir a nuestros Gobiernos que den más. Como dice la desgarrada voz de Mercedes, si no hacemos nada, «el corazón apenas es una mala palabra».

francisco.muro@planalfa.es

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