Francisco Muro de Iscar – Cementerios nucleares.


MADRID, 21 (OTR/PRESS)

El Gobierno socialista que mantiene la moratoria nuclear, que cierra centrales y que no quiere ni siquiera abrir un diálogo sobre el futuro modelo sostenible de la energía en España, anda ahora buscando ubicación para un cementerio nuclear donde se almacene los residuos que producen las centrales y se garantice su adecuada conservación sin riesgos para las personas. Es una decisión acertada, que deberíamos haber resuelto antes, como otros países, y en los que la demagogia y la falta de solidaridad se unen.

Es un hecho que los municipios que albergan centrales nucleares en España no han tenido problemas serios de ningún tipo y que esa industria, pro el contrario, ha favorecido el desarrollo de la zona. Y que esa energía es más limpia, menos contaminante, más respetuosa con el medio ambiente que casi todas las demás. Por supuesto mucho más que las de carbón que, sin embargo, cuentan con apoyo público y hasta con devoción presidencial. Gracias a las centrales nucleares, este país ha tenido una energía suficiente y más barata y ha creado una industria nuclear puntera y segura, aunque en decadencia, sobre todo interior, desde que Felipe González tomara la decisión de caminar para atrás. Es cierto que ahora ha rectificado, pero de nada sirve porque ya no manda y el parón que supuso ha tenido serias consecuencias en nuestro desarrollo.

Ahora hay diversos municipios que están ofreciendo terrenos adecuados para esa instalación, porque saben que llevará negocio a zonas deprimidas o deshabitadas, y algunos políticos andan enzarzados en tratar de conseguir que lo lleven a su territorio o en tratar de impedir que lo ofrezcan. ¿Es posible una debate serio sobre los riesgos y las ventajas? Es difícil. ¿Se pueden ofrecer garantías y experiencias internacionales de cómo lo han resuelto otros países? Sin duda. ¿Queremos escucharlo? La mayor parte de los ciudadanos prefiere apartar de su tierra esa solidaridad pero no quiere renunciar a ninguna de las ventajas. Algo parecido pasó con las antenas de telefonía móvil, pero esa batalla se perdió no ya porque nadie pudiera demostrar que tienen efectos sobre la salud sino, sobre todo, porque nadie está dispuesto a renunciar a su móvil. Con la energía, sin embargo es diferente: nos llega y no sabemos de dónde viene. Y muy pocos alcaldes están dispuestos a arriesgar su elección por culpa de un cementerio.

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