Fernando Jáuregui – Siete días trepidantes – Solo queremos cambiar el mundo, nada más


MADRID, 23 (OTR/PRESS)

¿Qué habría ocurrido si un líder político que no fuera Obama, pongamos por caso Rodríguez Zapatero, hubiese retado a los bancos en plan «far west» como hizo el presidente americano? Al menos a mí es una hipótesis que me resulta inconcebible. Y el caso es que desde numerosas instancias -el último, el eurocomisario Almunia– ha venido a darse la razón al inquilino de la Casa Blanca, como si amenazar a la banca en plan «si quieren pelea, la tendrán» fuese lo más normal del mundo. Y no, no es lo más normal: por eso los titulares tan escandalosos.

Me he entusiasmado muchas veces con Obama, que hace buena aquella frase alentadora «solo queremos cambiar el mundo». Pero me parecen excesivas las bravuconadas lanzadas desde el despacho más poderoso de la tierra. Entre otras cosas, por aquello de «perro ladrador», poco mordedor»; no vaya a ser que los propósitos reformistas que han alentado el «obamismo» se queden, al final, en simples gritos que luego derivan en derrotas ante las urnas de Massachussets.

Pero ese grito, tan espectacular, de Obama ha puesto de manifiesto la necesidad de emprender reformas de altos vuelos en un sistema que se ha visto sacudido por el terremoto de Haití. A los bancos, también en España, les han caído encima bastantes cascotes, entre unas cosas y otras -que si cobraban comisiones por las transferencias para los damnificados, que si perdonaron sus deudas al partido que ahora gobierna…–. Puede que muchas de las acusaciones no hayan sido del todo justas, que les haya faltado algo de equilibrio y sobrado unos kilos de demagogia. Pero, sin duda, se ha abierto una polémica no del todo cerrada, que tiene que ver con el funcionamiento del sistema financiero. Y, creo, del Sistema en general.

Siempre he pensado que el problema es que en España se hizo la transición de 1976 y que esta transición se cerró -ya sé que hay otras opiniones al respecto_ en 1978. Desde entonces, hemos vivido de los réditos, aceptando que siempre hay un remiendo para un descosido. Nadie ha dado un grito a lo Obama, mientras los bancos se fusionaban, los presidentes autonómicos iban dándose sus propios planes de comunicación al margen tantas veces del Estado, los alcaldes se convertían en virreyes y los partidos se financiaban como podían, sin que alguna voz alarmada procedente del Tribunal de Cuentas se escuchase en ámbito alguno.

Yo creo que lo de Obama no iba solamente por la banca, ni por la injusta sanidad de los americanos, ni por no haber podido cerrar de una vez Guantánamo, ni por las miradas de los niños haitianos. A mí me parece que Obama, con su sonrisa a cuestas, con sus poderes y sus limitaciones, no quiere hacer más que cambiar el mundo. Nada más.

Puede que cambie algo, bastante o, probablemente, nada. Pero creo que, en esta España nuestra en la que hemos establecido que más vale que nada cambie para que todo siga igual -y así anda desflecándose el Estado–, deberíamos escuchar con atención el grito de Obama. No para repetirlo como papagayos -casi lo hace, a su modo peculiar, Zapatero en una rueda de prensa en Viena–, sino aplicándonos el cuento de la regeneración en las miserias que nos corresponda, que algunas ciertamente hay en esta vieja piel de toro,

fjauregui@diariocritico.com

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