Isaías Lafuente – Juegos de palabras.


MADRID, 28 (OTR/PRESS)

La polémica suscitada sobre la ubicación del futuro cementerio nuclear en España y la enésima reactivación del debate sobre la conveniencia de modificar el Código Penal para reinstaurar en nuestro país la cadena perpetua, nos ha permitido contemplar de nuevo la facilidad que tiene la clase política para fabricar un lenguaje adecuado para camuflar la realidad. Así, nos bautizan el basurero atómico con un pomposo nombre, Almacén Temporal Centralizado (ATC), que esconde en su denominación la naturaleza de lo que allí se va a guardar – material radiactivo de alta actividad – mientras subraya lo evidente: que será centralizado, lo que no tiene ningún mérito al ser único. Además, utiliza un adjetivo, el de temporal, que no es sino un eufemismo tratándose de una instalación que tiene una vida mínima prevista de 60 años, ampliables hasta los cien. De tal manera que para los habitantes de la localidad escogida, los que hoy la habitan y dos o tres generaciones futuras, será una realidad nada temporal y bastante permanente en sus vidas.

Lo de la cadena perpetua revisable también tiene su miga. En esta nueva figura penal, las palabras luchan para reivindicar su naturaleza y mostrar su ADN, porque no hay nada menos perpetuo que lo revisable ni nada menos revisable que lo perpetuo. La evidencia es tan chocante que quienes promueven la idea con el fin de endurecer la sanción a los delincuentes más peligrosos en realidad están defendiendo una condena que puede ser sustancialmente más leve que los 40 años de cumplimiento íntegro que prevé nuestra ley en la actualidad. Y viceversa: quienes ven fiereza en lo que se propone respecto a lo que tenemos quizás también necesiten aguzar la mirada.

No entraré en el fondo de ambas cuestiones, aunque creo una necesidad la construcción del ATC y soy contrario a la reinstauración de la prisión perpetua con o sin adjetivos, como creo que lo es nuestra Constitución. Lo único que reclamo es un discurso político y un debate ciudadano en el que abiertamente podamos llamar a las cosas por su nombre, sin que nos encripten

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