Fernando Jáuregui – Siete días trepidantes – El Rey da el paso


MADRID, 13 (OTR/PRESS)

Si se considera la trayectoria de Su Majestad el Rey en sus casi treinta y cinco años en el trono, podemos ver que sus intervenciones netamente políticas han sido escasas. Claro que todo es política, desde la visita a una autonomía hasta un viaje de Estado para vender ferrocarriles, pero me refiero a una intervención activa, personal, en su papel de mediador, de consejero o de moderador en los conflictos entre las fuerzas políticas o entre los territorios. Se trata de acciones que exigen gran delicadeza, estricta neutralidad y buen don de gentes. Las tres cualidades las posee Don Juan Carlos, a mi entender, por más que desde sectores extremistas de la derecha, que nada tienen por cierto que ver con el Partido Popular, se empeñen en clasificar al jefe del Estado como más cercano a una opción partidaria, la socialista, que a las demás. El caso es que el Rey ha tenido esta semana una de esas intervenciones que se limitan a momentos especialmente delicados; ha sido una intervención discreta, pero de la que mucho se ha hablado. Una vez más, como desde hace tantas navidades, pero sospecho que en tono más apremiante y en momento más confuso, el jefe del Estado ha pedido a las fuerzas políticas unidad ante la crisis: esta vez no ha sido un discurso más, sino un recado, y así lo han interpretado todos los observadores.

Ignoro quién ha manejado desde la sombra este paso real, si es que ha habido alguien que lo haya hecho, cosa que dudo: Don Juan Carlos es un ferviente partidario de pactar y, por su larga experiencia, sabe que las rencillas interpartidarias derivan en catástrofe cuando las motivan cosas que deberían quedar por encima de tales peleas: la política exterior, la política monetaria, la Justicia, la inmigración, la educación. O la política de Defensa o la autonómica. Y creo que sabe Su Majestad que nunca más nefastas las divisiones en torno a los grandes temas que cuando llega una época de crisis grave, y ya me dirá usted si no es grave una situación que arroja ya más de cuatro millones oficiales de parados, casi un veinte por ciento de la población activa. Es, por tanto, de aplaudir la iniciativa del Rey, cuando la clase política, en general, acumula desprestigios y cuando ya apenas existe otra voz que la del jefe del Estado (y, claro, la de la calle) para pedir un poco de sensatez a quienes ostentan, porque los hemos votado, la representación de los españoles.

Lo malo es que el mensaje, como si fuese uno más de los de la Nochebuena, parece haber caído en saco roto. Hasta el momento, ni el PSOE ni el PP se han lanzado por la senda del pacto, y ha tenido que ser el avispado líder de un partido menor y periférico, Josep Antoni Duran i Lleida, quien acudiese a proclamar el grito de la unidad casi al mismo tiempo que lo hacía el Rey. Pero ni Zapatero, ni Rajoy, ni sus respectivos «segundos escalones» han ido un milímetro más allá de su habitual actitud pétrea: el portavoz parlamentario socialista, José Antonio Alonso, casi improvisó sobre la marcha una serie de contactos con todos los restantes grupos para, dijo él, hablar de posibles acuerdos que incluyan soluciones económicas para afrontar la crisis, pero ni tales contactos parecen ir muy en serio ni, en todo caso, han sido recibidos con signos unitarios por los demás. Y, desde luego, el PP, por boca de su secretaria general, María Dolores de Cospedal, se ha apresurado a desprestigiar cualquier acuerdo con los socialistas, a los que los «populares» ven caídos y, por tanto, batibles en el camino que dentro de dos años desembocará en La Moncloa.

Una lástima, porque el mensaje del Rey no merece caer en saco roto. Y menos aún lo merecen las continuas señales que la opinión pública envía a sus dirigentes políticos para que sacudan la modorra, la monotonía, la rutina y la falta de ideas innovadoras y hagan algo, algo más que lanzarse dardos envenenados, de una vez . Veremos qué ocurre en los próximos días después de que, este fin de semana, la aparente calma se haya visto truncada por el humear de los teléfonos: ¿qué hacer, se preguntaban unos a otros?

Quedemos a la espera: puede que a alguien se le haya ocurrido algo, paras variar. Son muchos los ojos puestos en ese debate parlamentario sobre la «verdadera» situación económica de España que se celebrará este miércoles. ¿Habrá manos tendidas con sinceridad, o todos hablarán del pacto para, inmediatamente, acusar al de enfrente de estar torpedeándolo? Por otro lado, ¿Para cuándo ese encuentro en La Moncloa entre Zapatero y Rajoy, un encuentro que cada uno de ellos dice que no se produce por culpa del otro? ¿Cómo es posible, yendo ya a razonamientos más «crematísticos», que no comprendan que quien primero tienda una mano honesta, buscando salir conjuntamente del atolladero, será el muy probable ganador de las elecciones de 2012? Dicen que los dioses, cuando quieren perder a los hombres, primero los ciegan. Y ciegos andan, si Dios no lo remedia.

fjauregui@diariocritico.com blog: http://diariocritico.com/blogs/politica/

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