Andrés Aberasturi – Divorcio en la Audiencia Nacional.


MADRID, 15 (OTR/PRESS)

El auto de la Audiencia Nacional (Sala de lo Penal) ordenando al juez Baltasar Garzón a llegar al fondo del llamado «Caso Faisán», practicando incluso nuevas diligencias, no hace sino poner aun más de manifiesto el extraño divorcio que se da, en la misma casa, entre la sala y la fiscalía: mientras la segunda se empecina en archivar el caso «por falta de autor conocido», el auto de la Sala da pistas y hasta calificativos a los hechos aseguran que «parece que el círculo de posibles autores está y debe estar dentro del grupo de funcionarios policiales que por una u otra razón, bien directa o indirectamente, tenían conocimiento de la operación que se iba a realizar el día 4 de mayo de 2006» para luego advertir algo que a la ciudadanía le resulta obvio: que los hechos «tal cual se han descrito, constituyen un delito de revelación de secretos y a su vez colaboración con banda armada, que de ser realizados por miembros de las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad del Estado adquieren una gravedad sin precedentes en la historia de la lucha contra el terrorismo en España.»

Lo que pueda hacer Garzón a partir de ahora, solo él lo sabe, pero se supone que su única salida es obedecer el auto de la Sala que le obliga, además, a practicar nuevas pruebas pedidas por la acusación y negadas en su momento por el juez. Pero el papelón, aquí, lo tiene la fiscalía que, una y otra vez, ha pretendido zanjar el asunto por la vía rápida y a punto ha estado de conseguirlo.

Lo malo de El Poder es que pervierte la realidad y hace perder muchas veces la perspectiva no ya de lo moral sino de lo lícito. La maquinaria se pone en marcha y no se sabe muy bien en qué momento alcanza una velocidad mayor de la permita y traspasa los limites admitidos. Pero como El Poder vive en la ilusión de que tiene los resortes para controlarlo todo, no entiende que un pequeño detalle, una nimiedad, una pista de nada, deje al descubierto y bajo sospecha su irresponsabilidad responsable. Pasó con los GAL y está pasando con el Caso Faisán. En el primero hubo muertos inocentes y una guerra sucia estrepitosamente mal organizada. En el segundo todo parece indicar que sólo fue un detalle de buena voluntad para salvaguardar hasta donde fuera posible una negociación con ETA. Lo que une los dos casos es por una parte la idea antes expuesta del control total -que ya se ve que no- y por la otra que el fin justifica los medios. Ninguna de las dos razones son admisibles en una democracia y por eso tarde o temprano -suele ser tarde- terminan saliendo a la luz y se vuelven contra sus autores. Casi siempre la Justicia se queda corta y no llega a los últimos responsables, pero al menos, desde un punto de vista moral, queda claro que la frase que Maquiavelo nunca escribió pero que sí resume parte de su pensamiento, es totalmente inaceptable en un Estado de Derecho.

¿Era consciente el que ordenó o permitió el chivatazo del bar Faisán de lo que ahora dice en su auto la Audiencia Nacional, «un hecho de una gravedad sin precedentes» o estaba realmente convencido de que nunca habría un «autor conocido» como asegura la fiscalía? Me inclino a pensar que más bien lo segundo, que la posibilidad de que triunfaran las conversaciones que entonces mantenía el Gobierno con la banda terrorista bien merecían ese pequeño detalle. Pues no. El autor será conocido y los hechos, de ser probados, no tendrán precedentes en la historia de la lucha contra el terrorismo. Flaco favor hacen a la sociedad y a la democracia quienes se empeñan de una forma u otra en poner trabas o ideologías a algo que de ninguna forma puede ser ni admisible mi admitido.

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