Charo Zarzalejos – El día después.


MADRID, 18 (OTR/PRESS)

El orden del día del miércoles por la mañana en el Congreso no era otro que la comparecencia del presidente del Gobierno para explicar la situación económica y las soluciones que él proponía para salir de la crisis. Siendo éste el único punto del orden del día, la cita parlamentaria se acuñó como un cara a cara entre Rajoy y Zapatero y no se sabe bien por qué en las crónicas previas todos valoramos el debate como un debate fundamental para ambos: para Zapatero porque era la oportunidad para salir de la senda del descrédito en la que, según todas las encuestas, ha comenzado a transitar; para Rajoy porque era el momento adecuado para presentarse como alternativa. Es decir, un debate económico se convirtió de antemano en un pugilato estrictamente político.

Es pregunta obligada la de quién ganó el debate y la respuesta depende de donde cada cual ponía el foco. El PSOE lo puso en el líder de la oposición y el PP, como es lógico, en las propuestas de Zapatero. El resultado final, más allá de los matices, es que por primera vez Rajoy no apareció como el «derrotado» absoluto, pese a cometer el error de apelar al Grupo Socialista para que prescindiera de Zapatero. Esta sugerencia es la fórmula más eficaz para el cierre de filas en torno al líder, que lo es y seguirá siendo.

Gestionar la oposición tiene sus dificultades y acertar con los tiempos un auténtico encaje de bolillos. Rajoy ha optado por andar con pies de plomo. Sabe que queda mucho tiempo para la cita con las urnas, que exponerse demasiado es colocar el foco sobre el PP, cuando uno de sus objetivos es que nadie se desconcierte y que mire a quien tiene que mirar, que es al Gobierno, único legitimado para marcar rumbo. Hoy los socialistas aparecen contentos, porque están convencidos de que Rajoy ha perdido y, además, ha cometido el terrible error de no aceptar lo que llaman «mano tendida» del presidente.

Pero ¿y el presidente? Que la oposición se equivoque, que su líder tenga mayor o menor credibilidad es importante, pero mucho más lo es que quien tiene el encargo de dirigir el Gobierno suscite la confianza de los ciudadanos. ¿Ha servido el debate para que el presidente del Gobierno conjure a las encuestas? ¿Hoy Zapatero es percibido como más y mejor líder que hace tres días? ¿Tiene hoy sus pronósticos más credibilidad que hace un mes? Es probable que Rajoy no aprovechara la coyuntura, pero es casi seguro _y más grave_ que el presidente no inspire hoy más confianza y seguridad que ayer.

El miércoles no se trataba de «tumbar» al Gobierno, ni de dejar a Rajoy en el vestíbulo de La Moncloa. Se trataba de ver cómo se sale de la crisis, cómo se disminuye el paro y cómo hacemos para en tres años rebajar el déficit nada menos que en nueve puntos. La estrella del discurso presidencial fue la creación de una Comisión en la que José Blanco es el hombre fuerte _cada día más-, tanto que a su lado otros vicepresidentes, en concreto Manuel Chaves, se ven condenados a la opacidad más absoluta. Esta propuesta apareció rodeada de infinidad de propuestas legislativas y de planes como el de la lucha contra la economía sumergida, cuando en realidad para luchar contra ella basta con poner en funcionamiento a la inspección de trabajo.

Como ya sabíamos todos, no va a haber pacto de Estado y sí acuerdos puntuales en los que CiU y PNV, con toda seguridad y una vez más, acabarán formando tándem con el Gobierno y éste pactara con ellos, aunque el PNV intente hacer la vida imposible a Patxi López en el País Vasco y CiU aspire -y lo puede lograr_ desbancar a Montilla de la Generalitat. Con ambos partidos, el PSOE tiene bastante y, además, no hay riesgo de confusión.

Es obvio que, como vulgarmente se dice, el presidente ha salido «vivo». «Vivo» y con la certeza de que logrará ir tejiendo las mayorías necesarias para seguir transitando los dos años que quedan de legislatura. Pero es también muy posible que su intervención haya producido una enorme sensación de melancolía, porque lo que tocaba, lo que le tocaba como presidente de Gobierno era un discurso de sangre, sudor y lágrimas. Ni lo hizo, ni lo hará. ¿Por qué hacerlo si vamos a comenzar a crecer en el primer semestre de este año y a finales del mismo va a comenzar la creación de empleo neto? Y si esto es así, ¿para qué la Comisión y el amplio acuerdo? ¡Que fatiga!

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