Fernando Jáuregui – El vicetodopoderoso.


MADRID, 19 (OTR/PRESS)

Estas cosas se saben, se huelen, sin que haya necesidad de que el «Boletín Oficial del Estado» venga a refrendarlas. Se nota en la concurrencia a esos desayunos empresarial-políticos (quién asiste y quién no. Ese es el síntoma seguro de que el conferenciante está en alza o en baja). Se nota en la displicencia con la que el ascendente trata a los periodistas en los pasillos de las Cortes o en la afabilidad con la que el descendente acude a las migajas de los chicos de la prensa. Y, en el olimpo del dedo monclovita, esta semana parecen haberse producido ascensos y, lógico por la teoría de los huecos ocupados, descensos. Ya digo, la alegre muchachada de los medios hemos podido percibirlo con nitidez estos días en los salones, al fin tan concurridos, del Parlamento.

Es creencia común en el mundillo socialista que ahora existe un vicetodopoderoso. No una vicetodopoderosa. Quien quiere ser, pongamos por caso, nuevo Defensor del Pueblo se apresura a acudir a él, en busca de su beneplácito salvador, y lo mismo, es apenas un ejemplo desde luego, aquel que aspira a delegado del Gobierno en Almería (o mejor, en Lugo). La esencia del poder reside en dos síntomas: el primero, que llamas al timbre y acude presuroso un bedel. El segundo, que te llegan mensajes, a los que generalmente no se responde, llenos de solicitudes que aparentemente no lo son. Mi abuelo, que fue presidente de la Diputación de Vizcaya, decía, con gracia, cuando aún era un novato en el cargo, que «lo sorprendente del poder es que le dices a uno: «Te vas a Logroño»… ¡y se va a Logroño!».

Pues eso, que me cuentan que el vicetodopoderoso, cuyo teléfono móvil habitual ya ni está ni se le espera, de tan llamado, tiene la capacidad de decidir sobre muchos traslados a Logroño, a Lugo, a Cáceres, a Santander… El vicetodo, que es un político como una casa, sabe repartir favores sin olvidarse de quien conviene, que ahí está la madre del cordero: no olvidar a quien en un futuro pueda resultar aprovechable y postergar «ad infinitum» cualquier relación con quienes ni interesan ni, presumiblemente, van a ascender jamás en la escala de los que podrían ser útiles alguna vez. Y, de paso, en sacudir un mandoble a colectivos prepotentes, pero no tan potentes como ellos se creen, que se ganan, a justo título, las iras de la ciudadanía.

He reflexionado, desde el puesto del escriba dedicado a observar, dónde reside muchas veces la clave de ciertos meteóricos ascensos por la pasarela del poder cuando no existen méritos naturales que abonen tan notables despegues: se trata de cultivar a quienes cuentan en esta vida y desdeñar sin miramientos a los que no. Decía el inolvidable Pío Cabanillas, en una de sus frases llenas de experiencia vital, que notas que has perdido influencia cuando tu teléfono no suena (y eso que en la época no existían aún los móviles). Al vicetodopoderoso, cuando asiste a un acto, resulta imposible, dicen, abordarlo directamente, porque es siempre una oreja a un auricular pegada.

Resulta obvio que ha habido, como es natural, algunas mutaciones en el favor que otorga la esfinge, como quedó patente en la designación, esta semana, de los nombres que integran esa supercomisión negociadora con la oposición. Que, por cierto, ha supuesto un cambio de ciento ochenta grados en la orientación política de quien decide aquí lo que es blanco o no tanto, e incluso lo que es negro.

Y, así, el penúltimo día de diciembre no había negociación porque las ideologías con la otra parte eran diferentes (natural: ¿para qué negociar con los que piensan exactamente igual que nosotros?); pero el diecisiete de febrero esa negociación con los diferentes era deseable y todo quedaba abierto a las sugerencias de los de enfrente. Me dicen que el vicetodopoderoso, que es mucho más flexible y pactista que quien le ha otorgado el poder, ha tenido no poco que ver con ese giro copernicano.

Siempre ocurre que quienes andan poco finos en el análisis piensan que algún día el vicetodopoderoso sustituirá a la fuente de todo poder. Y siempre se equivocan: la esencia del «número dos» sobrevenido se emplaza en el hecho de que es un vicetodo porque quien lo es todo así lo quiere: lo coloca ahí sabiendo que no hay peligro, por sus características de lealtad, por sus cualidades y por sus limitaciones, de que algún día intente sustituirle. El vicetodo, que ya he dicho que es un habilidoso venteador político, acaso más listo que inteligente, conoce bien esas propias limitaciones, y sabe que jamás se sentará en el sillón del «uno», aunque siga sorprendiéndose de haber llegado al sofá del «dos».

Además, el vicetodo, que es persona básicamente honesta y con sentido común, está convencido de que con el poder que acumula ya le basta para enviar a quien le dé la gana a Logroño, o a donde sea. Blanco y en botella: o sea, la leche.

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