El Juramento hipocrático en la U.C.I. del Hospital Provincial de Conxo

Para algunas personas, la U.C.I. no es más que el acrónimo hospitalario de la Unidad de Cuidados Intensivos; para otras, en cambio, el dramático lugar —no siempre necesariamente trágico— en el que los goteros de ultimidades, monótonos e impertérritos, acompasan friamente los segundos, minutos y horas de la vida del ser querido: aquél sobre cuya postración inconsciente alquitara el destino su próxima sentencia.

Uno de los signos de la aceleración desquiciada de los tiempos, del desvivir del actual vivir, es el uso indiscriminado y, sobre todo, destemplado de acrónimos, las mayor parte de las veces, sin otro principio ni fin que el de permitir escaquearse, vulgar y pusilánimemente, a quienes de ellos abusan exhibiendo territorio y pedigrí profesional. Pero ante la posibilidad efectiva de un desenlace indeseado para el ser querido postrado en una unidad de cuidados intensivos, la febril aceleración de los tiempos se encoge sobre sí misma: cruje primero y se detiene después, como el mecanismo del más perfecto y reluciente reloj enmohecido de repente por todos los óxidos del universo.

Todo el frío de las agonías de adentro invade, en las U.C.I., sus antesalas de afuera, en las que lo único templado es el café de las máquinas expendedoras, donde, por apenas un euro, pueden los deudos próximos comprar el calor que tan cruelmente les niegan algunos eviscerados indolentes del Sistema.

Sobre la agonía de un hombre ilustre, José Ortega y Gasset nos dejó sugerentes páginas escritas en 1925, no por breves menos memorables, que él mismo dio en titular: «Unas gotas de fenomenología», y cuyo primer párrafo comienza con aquello de …:

«Un hombre ilustre agoniza. Su mujer está junto al lecho. Un médico cuenta las pulsaciones del moribundo. En el fondo de la habitación hay otras dos personas: un periodista, que asiste a la escena obitual por razón de su oficio, y un pintor que el azar ha conducido allí. Esposa, médico, periodista y pintor presencian un mismo hecho. Sin embargo, este único y mismo hecho —la agonía de un hombre— se ofrece a cada uno de ellos con aspecto distinto. Tan distintos son estos aspectos, que apenas si tienen un núcleo común. La diferencia entre lo que es para la mujer transida de dolor y para el pintor, que, impasible, mira la escena, es tanta que casi fuera más exacto decir: las esposa y el pintor presencian dos hechos completamente distintos.»

Tal sucedía en la clínica imaginaria de Ortega, repito, sobre el año 1925.

Si brincando ahora en el tiempo nos alejamos del metafísico hospital, para, ya en pleno año 2010, situarnos en uno físico —realísimo, como dirían algunos frente a lo imaginario—, bien pudiéramos plasmar estas otras gotas, rezumadas del núcleo más crítico de un sanatorio gallego: la unidad de cuidados intensivos del Hospital Provincial de Conxo, en Santiago de Compostela.

(Aquí, no hay pintor. Ya la Gran Pintora Parca —que retrata el tic-tac de nuestras vidas— se encarga ella de cromatizar sus sombras sobre los vestigios de luminosidad del cuerpo postrado. En cambio, este periodista es a quien el azar ha conducido a la escena.) Sea, pues:

«Un hombre, cuyo lustre brilla en el corazón de quienes le quieren y respetan, agoniza. Es un hombre todavía joven, apenas sobrepasa los cincuenta años. Su mujer, abatida, al mismo tiempo que, con heroica sonrisa, corresponde a las visitas, no deja de preguntarse: “¿por qué, Señor, por qué?” desde su silente y recogido dolor. Obscenamente abundante, la luz eléctrica del establecimiento se vuelve inhábil en la anímica oscuridad que inunda el ambiente. Y en esta intemperie que es el naufragio de la vida, en medio del familiar abatimiento, como buscando tejer nuevamente el hilo de la esperanza, una muchacha joven, la hija del agonizante, franquea las hojas de una batiente que separa el acceso a la U.C.I. de su antesala de espera. Se aproxima a la primera puerta del pasillo, que, entreabierta, muestra al galeno de guardia, con gran concentración, repantigado ante el juego de un ordenador. Sólo pregunta por el estado de su padre, pero el sorprendido médico, como una gárgola eviscerada de Notre Dame, regurgita sobre la muchacha toda la frustración de piedra que lleva dentro. Llega, al poco, el periodista, quien se encuentra una antesala repleta de personas estupefactas ante una joven sumida en pública y evidente crisis de ansiedad.»

Más allá de la escena, en presencia de otras personas y visualizando la pantalla del ordenador, que mostraba la imagen de un juego informático al fondo de la dependencia donde se encontraba el médico, el periodista le dijo a esta indolente y ludópata gárgola del SERGAS (Servicio Gallego de Salud) que ninguno de su gremio —ni siquiera él: Pedro Rascado Sedes; sin tesis doctoral conocida, “doctor”, como tantos otros prepotentes del Sistema, por mera invocación del vulgo— era quien para tratar así a las personas, máxime siendo, la maltratada verbal y anímicamente, hija de un paciente postrado en la U.C.I.; y que ya que no los derechos del paciente, sí, por lo menos, tuviese en cuenta el Juramento hipocrático.

Con cara de enjuague bucal, la gárgola del SERGAS debió confundir, sin duda, el Juramento hipocrático con alguna maldición de hipócritas juramentados, porque, nada más escuchar la recomendación, balbuceó: —«¿El juramento hi-po-crá-ti-co?» Sí, hombre, el Juramento promovido por el patrón de los galenos: vuestro santo doctor, Hipócrates; no, desde luego, en la parte de gremialismo corporativo que tanto os cunde; tan poco en el sentido económico-social que los vocablos “gremio” y “corporación” adoptan actualmente, sino justamente allí donde el Juramento, tomándole la palabra al médico, dice: «haré uso del régimen dietético para ayuda del enfermo, según mi capacidad y recto entender: del daño y la injusticia le preservaré.»

¡Pobre Hipócrates! Suele pasar con él lo que con el ilustrísimo médico, humanista y filósofo del siglo XVI, Gómez Pereira: se le cita mucho y se le ignora más, a decir del Cardenal Zeferino. Y aún antes que éste: en la Barca de Aqueronte, residencia infernal de Plutón, el inefable Diego Torres de Villarroel (“Gran Piscator de Salamanca”) ironizaba con cuantos, en pleno siglo XVIII, confundían la “Margarita Antoniana” —obra cumbre del médico filósofo de Medina del Campo— con un tópico farmacéutico administrable en gotas. Así, parejamente, en la nuestra: época de Telecincos y cambalaches en la que, confundidos en merengue, van mezclados los hipócritas con Hipócrates.

No es, con todo, lo grave, pues si se me permite el giro, lo grave es que ciertos
—ciertísimos— hipócritas de la medicina, en lugar de socializarse y humanizarse en el Corpus Hippocraticum, prefieran perfeccionar su creciente autismo antisocial con el juego de solitario online del “Mahjong”. Que, por lo visto, en tal consiste para algunos la vocación por la medicina intensiva. Todo ello a cuenta del erario público, como siempre en estos casos; sin el más mínimo control de planta por parte de los llamados “directores” y “responsables”, y por si poco, para escarnio de sus familiares, a escasos metros de aquellos cuyas existencias penden del hilo invisible que separa la vida de la muerte.

Desde el fondo insolente de algunas biografías sobreviene el hedor del escaqueo nacional. Es la sempiterna picaresca de los funcionarios que no funcionan: los lazarillos del ciego Estado, que sólo ve cuando le perforan el cántaro (se entiende, del innombrable Ministerio). Todo lo demás son cuentos. Paradoxales cuentos de torcidos derechos humanos, entre los que naturalmente se encuentran, cómo no, los del “doente”: el doliente, quien sólo a los suyos le duele. (—«No entiendo». —«¡Ni lo pretenda!: es como el dolor de muelas, que sólo el que padece entiende».)

Soy consciente del desacierto del título elegido, y comprendo que el de «El “doctor” Rascado no la rasca» podría ser más atractivo para este artículo, pues reconozco que, lo del “Hospital Provincial de Conxo”, más casa con unas sinodales que con la irreverente voluptuosidad de algunos sinvergüenzas contra el prójimo indefenso de nuestro tiempo. También cabe preguntarse si el mencionado ocioso prepotente, lo mismo que los irresponsables que corporativamene le amparan, tratarían así a la hija de la Conselleira de Sanidad de la Xunta de Galicia. Porque, todo hay que decirlo, estos ojos fueron testigos en su día de cómo, junto a enfermos aparcados en camillas, también en camilla, pasaba el padre del fallecido Conselleiro José Cuiña, en compañía de su hijo y unos siete —o más— funcionarios de tan impoluta bata blanca como quizá, también, necrosado corazón.

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R. Malestar Rodríguez
www.castaparasitaria.com
rmalestar[@]gmail.com
(06/2/10)

Autor

Roberto Malestar Rodríguez

Roberto Malestar (Vigo). Heterodoxo; filósofo —licenciado, graduado y doctorando en filosofía por la Universidad de Santiago de Compostela. Publicista, ensayista y articulista. Es, además, letrista e intérprete de tangos, folclore hispanoamericano y otros géneros.

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