Charo Zarzalejos – El último Miguel


MADRID, 13 (OTR/PRESS)

Ya descansa en paz. Al lado de quien fue su mujer y su gran amor. Miguel Delibes, nuestro último Miguel, ha tenido el privilegio de morir como el siempre deseó. En paz, sin dolor, suavemente y rodeado de los suyos. Se dice que uno muere como vive y en el caso de Miguel Delibes esto es más que una frase. Vivió sin hacer ruido, sin petulancia alguna, alejado de focos, para enfrascarse en el duende que Castilla ha demostrado tener para los grandes literatos españoles. Y así murió, en su tierra natal, en silencio y sin miedo.

Dicen de Miguel Delibes que era un hombre de campo, pero tengo la impresión de que fue el campo el que se adueñó de él. Y en el campo y cantando al campo, Miguel Delibes se encontró a sí mismo, dejándose llevar por el misterio que encierran los campos castellanos. Sea lo que sea, Delibes vio, percibió en Castilla aquello que sólo los sabios y los hombres buenos saben encontrar en lo que les rodea.

Delibes sí que es -lo será siempre_ un hombre de la cultura. De la cultura de verdad y no de esta cultura improvisada y vacua que algunos se empeñan en escribir con mayúscula, pero que no deja de ser pura impostura, una simple etiqueta para justificar presencias que nadie reclama o ausencias que a nadie sorprenden.

Desde ayer, Miguel Delibes se encuentra entre los ilustres enterrados en Valladolid. Descansa junto a ellos y junto a su mujer, con la que, según relatan algunos de sus más próximos, quiso estar desde el mismo momento en que murió. Delibes la sobrevivió muchos años, y a trancas y barrancas, pero con extraordinaria lucidez, vivió los últimos años de su larga y fecunda vida, agarrado a su recuerdo que desparrama de manera bellísima en su obra «Una mujer de rojo sobre fondo gris».

La ciudad de Valladolid se ha volcado a la hora de mostrar su cariño hacia un hombre que formaba parte de su paisaje, que era un poco de todos. Hoy, la normalidad será la tónica general en la ciudad de la que él nunca quiso irse; pero el que la vida siga _siempre lo hace_ no significa olvido. A Miguel Delibes le han precedido otros con su mismo nombre. Miguel de Cervantes, Miguel de Unamuno, Miguel Hernández. Todos ellos forman un coro excelso en las letras españolas y todos ellos inolvidables. No sólo inolvidables, sino necesarios. ¿No sería extraordinario saber que podría pensar Miguel de Unamuno del devenir de su Bilbao natal? ¿Qué diría Don Sancho de la crisis? ¿Qué poesía no habría escrito ese otro Miguel ahora que la primavera avisa que ya llega?

En tiempos convulsos y desconcertantes personajes como Miguel Delibes y los «migueles» que antes han sido, se hacen imprescindibles. Las miradas de todos ellos sobre nuestro presente serían una luz extraordinaria para imaginar el futuro. Pero se han ido y ahí están sus obras para orgullo de la cultura española y deleite de los españoles. El último en hacerlo ha sido Miguel Delibes. Es Antonio Gala el que alguna vez ha afirmado que cuando la muerte llega a tiempo es una de las muchas caras de Dios. Miguel Delibes, nuestro último Miguel, creía en Dios. Esperaba, según confesión propia, encontrarse con Cristo en el último recodo. Lastima no tener la crónica del encuentro.

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