Fernando Jáuregui – No pasa nada…o casi nada.


MADRID, 23 (OTR/PRESS)

Que no, que no hay para alarmarse. No pasa nada. O casi nada…Que en la Asamblea de Madrid, Esperanza Aguirre y un representante del Partido Comunista (Izquierda Unida está, sin tapujos, compuesta básicamente por ese partido, histórico por lo demás, y contra cuya existencia nada tengo, desde luego) se enzarcen sobre la guerra civil y el franquismo, es una anécdota. Que este sábado unos cuantos miles de españoles -no serán muchos, descuiden– desfilen por las calles de varias capitales en manifestaciones «antifascistas» tampoco es para rasgarse las vestiduras.

No pasa nada, como tampoco pasa porque algunos voceros sedicentemente anexos al PP insistan en que tras Zapatero está «la extrema izquierda»; a menos que se considere extrema izquierda a un ex fiscal anticorrupción al que se le ha metido en la cabeza que el Tribunal Supremo hace el juego al «fascismo», a unos líderes sindicalistas que han hecho de la moderación su bandera o a un rector que se proclama socialdemócrata. No pasa nada, porque el cuerpo social del país está en otra cosa. Y los líderes de este país -pienso en Zapatero y Rajoy_ insisten en un mensaje de moderación que nada tiene que ver con algunos de sus seguidores exaltados. Sin embargo…

Sin embargo, me preocupa el desgaste de algunas palabras -menos mal que estamos tan lejos del fascismo como de Marte– y utilizar una Historia no bien contada como arma arrojadiza, en lugar de cómo una búsqueda de la verdad. ¿Son necesarias, aquí y ahora, las manifestaciones antifascistas, tomando como pretexto a un juez creemos que no demasiado justamente acusado? ¿Son necesarias las manifestaciones organizadas por un partido llamado falangista -la mayor parte de los españoles ya ni sabe lo que es eso-? ¿Es necesaria la interpelación a Esperanza Aguirre, en sede parlamentaria, para que condene el golpe de Estado franquista de 1936? ¿Era necesaria la respuesta de la presidenta madrileña, recordando el «golpe» de 1934 y el asesinato de Calvo Sotelo por fuerzas próximas a Indalecio Prieto? ¿Está para eso la Asamblea de Madrid? ¿Estamos los españoles para esos trances y lances?

Que los primeros pasos del régimen franquista tuvieron tintes de casi genocidio -no está de más recordarlo cuando acabamos de celebrar la memoria del gran poeta Miguel Hernández–, creo que no tiene discusión. Que la exaltación del franquismo, a estas alturas, debería ser algo próximo a una conducta delictiva, pienso que tampoco. Pero ello no significa que haya que ilegalizar calles con nombres del pasado, derribar monumentos, borrar escudos y perseguir a quienes heredaron unas siglas nefastas, en nombre de las cuales tantos crímenes se cometieron. Menos aún es necesario, ni conveniente, colgar etiquetas de «fascistas» a magistrados que cumplen con su trabajo, o, en general, a quienes no piensan ni actúan como nosotros. El fascismo, de horrible recuerdo, fue muy otra cosa, afortunadamente distante y distinta…

Es necesario regresar al clima de tolerancia que presidió la transición. Tolerancia no es, sin embargo, olvido, porque la Historia -la real, no la que a muchos les contaron cuando niños_ es necesario conocerla para no repetirla, o para enmendarla en el presente y en el futuro. Por eso, el proceso a Garzón, que se atrevió a sumergirse en la memoria histórica -aunque quizá no le tocase hacerlo–, resulta absurdo, y ahora incluso la Fiscalía lo reconoce: enzarzarse en debates técnicos -pretendidamente técnicos_acerca de si la amnistía de un genocidio prescribe o no, carece de sentido.

La Justicia no puede retorcerse hasta llegar a ser injusta: «summa lex, summa iniuria». Y Garzón puede ser -es_un mal juez instructor, al menos en algunos casos sonados; pero no es, desde luego, un prevaricador, como sin duda quedará demostrado.Hacer de la figura de un magistrado valiente, pero ególatra; trabajador, pero partidista; carismático, pero extremista, el motivo de una llamada a las «masas antifascistas» para que salgan a la calle, parece uno más de los despropósitos que ocurren cada día en esta España llena de falsos debates lingüísticos, territoriales, acuáticos… Todo, con tal de no ponerse a trabajar seriamente, si preciso fuera, en un «sudor y lágrimas» colectivo, consensuado, para colocarnos en el lugar que nos corresponde en Europa y en el mundo, alejando fantasmas de crisis económica…e institucional.

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