Andrés Aberasturi – Ley de Igualdad, pero no siempre.


MADRID, 27 (OTR/PRESS)

El escándalo surgido en el centro penitenciario de Alcalá-Meco, prescindiendo de que afecta a un número pequeñísimo de funcionarios y hasta alejándonos de los hechos mismos, sí merece una cierta reflexión sobre la desigualdad que debería suponer la Ley de Igualdad en determinados casos. Aunque la ministra se haya quedado en la anécdota y no entienda ni atienda las reclamaciones de algunos colectivos es evidente que para aplicar la Ley con criterio habrá que saber si debe o puede tener excepciones.

Y las debe tener y el caso de los funcionarios y funcionarias de prisiones es uno de ellos. Nada tiene que ver este colectivo con el Ejército, la Guardia Civil o cualquier otro tradicionalmente machista por la sencilla razón de que en el caso de prisiones se trabaja con gentes sometidas a una vigilancia constante en una situación extrema de pérdida de libertad y por tanto de intimidad. No hace falta ser psicólogo para entender que dentro de una prisión el orden natural de las cosas varía sensiblemente y de ahí todo lo que la mayoría sabemos sobre todo por películas y algunos porque hemos tenido la oportunidad de echar una mano e introducirnos en ese complejo mundo tan desconocido por otra parte.

Y si me atrevo a afirmar que la Ley de Igualdad debe ser desigual en este caso, es por el respeto que me merecen no sólo los funcionarios y funcionarias, sino, en la misma medida, los internos y las internas. Conozco más el caso de las mujeres cuando aun estaban en Yeserías y tardé en entender muchas cosas que me sorprendieron la primera vez. Me hablaban ellas del «chabolo» que ocupaban y que decoraban cada una a su estilo y que era debidamente vigilado por las funcionarias entonces, me hablaban de sus novias allí dentro de la prisión y a la vez de sus novios que estaban fuera, muchos de ellos cumpliendo también condenas. Me contó la directora de aquella época, como era el ingreso, los cacheos, las relaciones que se establecían etc. Y no lo entiendo. No entiendo que una mala aplicación de una buena ley ponga en duda el principio mismo. Claro que es una anécdota -una gravísima anécdota- lo ocurrido en Alcalá-Meco y no por ello la Ley de Igualdad deja de ser fundamental. Pero con excepciones, señora ministra.

Porque en un centro penitenciario hay que hacer cosas que muchas veces violentan claramente la intimidad de quienes las sufren, los internos y las internas, pero también de quien tienen la obligación de realizarlas: los funcionarios y las funcionarias. ¿No es defender la igualdad que una mujer no sea cacheada total o parcialmente por otra mujer y lo mismo al contrario? ¿Qué cuesta seguir haciéndolo así? Creo que en los cacheos se respeta esa justa «desigualdad» pero no ocurre lo mismo en el resto de las actividades. Cuando una de las partes está en una situación de inferioridad respecto de la otra -y esto ocurre en cualquier prisión- debe imperar algo que está por encima de la igualdad que es el sentido común. Replantearse los límites de una ley no es reconocer un fracaso, sino aquilatarla más a la realidad. Estoy seguro que si se pregunta al colectivo de internas, la inmensa mayoría preferiría funcionarias a funcionarios y estos ya se han pronunciado más de una vez en el mismo sentido. ¿Por qué no enmendar sencillamente por el bien de todos algo tan sencillo?

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