Fernando Jáuregui – No te va a gustar – Son un poco bocazas.


MADRID, 27 (OTR/PRESS)

«Bocazas» en término acaso algo despectivo, pero no exento de cierto cariño. Ser «un bocazas» es algo peyorativo, pero no lo peor de lo peor. Y con este doble sentido, que implica benevolencia y hasta comprensión –¿quién no ha sido algo bocazas alguna vez en su vida?–, es como se lo aplico a algunos de quienes estos días cometen excesos verbales sin cuento -o con mucho cuento-, sin razón -o con ella-, sin mesura, sin estrategia y sin táctica ni tacto.

Porque, vamos a ver: ¿cómo se le ocurre a la presidenta del Tribunal Constitucional, pongamos por caso, decir que hay una «crisis institucional» en España, acusando, de paso, a ciertos medios de propagarla y de desacreditar a la institución que doña María Emilia Casas representa? El término «crisis institucional» es una bomba de relojería que, por ambiguo, hay que usar, como toda munición, con cautela, no vaya a ser que estalle en quién sabe qué dirección. Y es un término que, empleado nada menos que por quien preside -gracias a una ley «ad hoc» para que su mandato no venciese- el máximo órgano de apelación judicial, se llena de connotaciones agravantes.

No es doña María Emilia el único ejemplo de deslices verbales que recuerdo en estos últimos días. Que los responsables de nuestra economía se pasen el día insistiendo en que «España no es Grecia» puede parecer, en primer lugar, una obviedad. Pero, en segundo, una «excusatio no petita», que muestra hasta qué grado esos responsables están angustiados ante la posibilidad de que la sombra helena llegue a proyectarse en la piel de toro.

Quiero decir que, en general, la escasa calidad de la dialéctica política española puede acabar repercutiendo en los hechos: si desde las instituciones se habla, para que la basura de las culpas se extienda a todos, de «crisis institucional», esa crisis se agrava, especialmente si las voces no van unidas a las propuestas de soluciones. Si decimos que Grecia está rondando, puede que acabemos por sentirnos griegos, haya o no justificación para ello. Si devaluamos (más) al Supremo, todo el poder judicial acabará tambaleándose. Si los partidos se desprestigian con turbios debates electoralistas, por ejemplo sobre el agua, todo el arquitrabe de la democracia acabará resentido.

«Bocazas» en el reverso del orador que controla su discurso, ya saben. En tiempos de intolerancia, cuando sube la marea de la crispación, el oficio de bocazas es, sin duda, el menos necesario: que se vayan, ellos sí, al paro.

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