Esther Esteban – Más que palabras – La semana horribilis.


MADRID, 7 (OTR/PRESS)

Ha sido una «semana horribilis» para todos: para Zapatero, que ha visto una vez más como los mercados ¡tan implacables ellos¡ le han puesto otra vez contra las cuerdas; para el país que ha constatado de nuevo como es imposible que los dos grandes partidos olviden sus miserias partidistas y remen juntos en una situación de emergencia económica nacional y, también, para los ciudadanos que esperaban, al menos, un entendimiento para poner orden en la educación de nuestros hijos. España no es Grecia y esto debemos de tenerlo claro, pero da la sensación de que todos desde fuera nos miran con recelo y, no es baladí que insistan tanto en que tenemos que hacer los deberes y poner las barbas a remojar.

Es verdad que después de ver a Atenas en llamas, uno agradece la paz social pero no a cualquier precio. Dicen que aquí si miras a los sindicatos y a los empresarios se respira una tensa calma, un silencio propio de los cementerios, que nadie desea, pero lo peor de todo es la sensación de desolación, de desesperanza y de desconfianza que se transmite a los ciudadanos, que no saben donde mirar. Lo peor de todo no es solo la crisis económica que nos tiene el alma en vilo y los bolsillos vacíos, ni tampoco que no sepamos afrontar una reforma del modelo productivo para hacer frente a la situación. Lo peor de todo es que da la sensación de que lo que tenemos que cambiar y reformar es nuestro modelo de Estado, que se está viendo superado por las circunstancias. Da la sensación de que las bases que hicieron posible el espíritu de la Transición se han resquebrajado y algunas de las soluciones de entonces son problemas ahora.

Si el modelo autonómico, con todos sus defectos, ha servido y sido muy útil durante estos 30 años, pasar ese rubicón le está sentando fatal y sus abusos son los que están poniendo en apuros al gobierno, a la oposición y al país entero. De nada vale apelar a la Constitución, como garantía de que todos los españoles somos iguales- sea cual sea nuestra patria chica-, si luego el mandamás autonómico de turno hace de su capa un sayo y se la salta a la torera, arrastrando por el fango a las instituciones del estado. De nada vale hablar de control de gasto si luego las 17 autonomías despilfarran a manos llenas, rozando muchas veces la frontera de la corrupción. De poco vale que pidamos, hasta desgañitarnos, un modelo consensuado de educación si luego las autonomías lo que desarrollan son sus propias leyes educativas y no hay nadie que las tosa. Incluso sirve de poco tener partidos políticos que se denominan nacionales y españoles si luego sus líderes son incapaces de mantener un discurso común de todos sus barones territoriales y ponerlos firmes por miedo a perder sus votos. El hecho de que en el Senado se vaya a despilfarrar un millón de euros para contratar traductores, teniendo un idioma común para entendernos que se habla en las tres cuartas partes del mundo, es la imagen viva del despropósito y la degradación del modelo.

Ha sido una «semana horribilis», una más de un «annus horribilis «y de una década que puede ser también » horribilis» sino empieza a imperar el sentido común. Me considero autonomista, pero no nacionalista, aunque reconozco que algo muy grave esta pasando cuando oigo a nacionalistas moderados vascos y catalanes que tienen más sentido de estado y pragmatismo, que algunos de los líderes de partidos nacionales que se sienten atenazados y maniatados por sus reyezuelos territoriales, insaciables en sus ansias de poder.

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