Esther Esteban – Más que palabras – Zapatero viste al santo.


MADRID, 11 (OTR/PRESS)

Zapatero ha hecho triplete en el mismo día y no con la misma fortuna. El jueves cumplió a rajatabla su «hipersaturada» agenda: se vio a la hora del desayunó con el Papa, a la del almuerzo con Berlusconi, en el rato de la merienda con los colegas del partido y cenó con el viceprimer ministro británico Nigg Cleegg, todo un récord de hiperactividad en los estertores de la presidencia española de la UE. La visita al Vaticano, más que por el contenido en sí, ha levantado polémica por las formas, ya que no suele ser habitual que los presidentes del Gobierno que se reúnen con el Papa lo hagan el mismo día con otros jefes de Gobierno como fue el caso de Il Cavaliere.

Si el encuentro con Benedicto XVI fue frío -apenas los saludos de rigor, el intercambio de regalos y hablar por encima de la famosa Ley de Libertad Religiosa- el de Berlusconi fue caliente y excéntrico. Sólo ver la cara que se le puso a Zapatero cuando el mandatario italiano hizo mutis por el foro y le dejó plantado ante la prensa tras afirmar que se despedía de un santo «porque José Luis ha recibido la bendición del Papa y está en estado de gracia».

Ese supuesto estado de gracia tuvo sus más y sus menos horas después cuando Zapatero se presentó ante sus compañeros de partido para darse un baño de liderazgo, con la excusa de que se cumplía el centenario de la elección como diputado de Pablo Iglesias. Allí estaban casi todos: la vieja y la nueva guardia, los incondicionales y los críticos de salón que despellejan al líder en privado, pero le aplauden a raudales para certificar una unidad inexistente en estos momentos. Ni miedo, ni depresión, ni decaimiento. Ese fue el mensaje general, donde el verdadero liderazgo lo personalizó Felipe González, ahora santificado después de años de travesía del desierto.

Dijo Felipe, tan vez creyendo que su partido es el mismo que el que él dejo hace años que «cuando las cosas van mal hay que hacer militancia pura y dura», pero se olvidó del pequeño detalle de que, prácticamente, todos los representantes de su generación han sido apartados y masacrados para que no hagan ni la más mínima sombra a los nuevos cachorros.

Dijo que al mal tiempo hay que ponerle la buena cara y reaccionar con liderazgo, pero se olvidó que ya no «molan» los líderes que dibujan al hombre de Estado, sino las decisiones presidencialistas, de loa, halago y sumisión para el que manda y los que no admiten apenas discusión. Habló de políticas anticíclicas, de debate político consistente, de esfuerzo por explicar las cosas y de movilización y, sobre todo, puso el acento en que hay que hablar menos de derechos y más de obligaciones. ¡A buenas horas mangas verdes! se cae en la cuenta de que sólo pueden pedir a los ciudadanos sangre, sudor y lagrimas, de que han tirado por la borda su proyecto político, que el programa electoral es papel mojado y que han perdido las señas de identidad de la izquierda, ese que decía sin pestañear que jamás dejarían a los mas débiles en el camino.

Es verdad, como dijo Felipe, que los dos años que quedan de legislatura son un camino infinito, pero él sabe mejor que nadie que ese tiempo es apenas un segundo cuando tienes que recuperar la credibilidad perdida y sobre todo cuando son los propios quienes te han dado la espalda por mentiroso. Aun en el supuesto de que sea verdad lo que le dijo el italiano a Zapatero, que es un santo, su problema es que está todo el día vistiendo a un santo para desvestir a otros, y, claro, la improvisación se paga en las urnas y aunque falten dos años ya ha empezado la cuenta atrás.

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