Fermín Bocos – El converso.


MADRID, 11 (OTR/PRESS)

Roma sigue haciendo milagros. A milagro vaticano suena, desde luego, que el mismo Rodríguez Zapatero que hace sólo dos meses, en sintonía con los sindicatos, proclamaba que en España no era necesaria una reforma laboral anunciara antes de ayer con solemnidad una «reforma laboral sustancial» que -según su decir- «no es que llegue con dos años de retraso, llega con décadas de retraso». ¡Toma ya!

Paulo cayó del caballo camino de Damasco y Zapatero camino de Bruselas recaló en Roma. No parece que la cosa tenga que ver con el buen clima de la audiencia concedida por Benedicto XVI -más bien es cosa del imperativo de los deuda y el apremio de Bruselas- pero lo cierto es que escuchar al presidente Zapatero anunciar las virtudes de una reforma drástica de las nuevas normas que van a regular la contratación, la vida laboral y el despido de los trabajadores, resulta chocante. Chocante por lo que tiene de chusco. La duda es si estamos ante un actor que sin pararse a pensar un día asume el papel de sindicalista minero en Rodiezmo y al otro el de invitado en Davos -porque su único objetivo es seguir siendo el director del teatro-, o si, por el contrario, la situación económica y financiera de España es tan delicada como para justificar los inquietantes augurios de los taimados columnistas del «Financial Times».

La fe del converso es tal que en el acto del centenario de Pablo Iglesias -una suerte de multitudinaria terapia de grupo de personalidades socialistas de ayer y de hoy- se permitió corregir a Felipe González negando el ambiente depresivo que todo lo impregna estos días en España. «De depre, nada, Felipe», replicó quien, como digo, en cuatro semanas ha pasado de Rodiezmo a Davos con la misma cara y sin cortarse un pelo. Es la ventaja que tienen los conversos. Cuando al desaparecido Betino Craxi le reprochaban sus contradicciones y cambios de política se defendía con una frase que arroja luz acerca de este tipo de cuestiones: «El socialismo -decía-, está donde estoy yo». Acabó sus días triste y amargado, exiliado en Túnez.

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