Fermín Bocos – El amargo don de la belleza.


MADRID, 25 (OTR/PRESS)

El Mundial de fútbol de Sudáfrica va pasar a la Historia por las toneladas de bobadas que se han dicho en razón del juego de nuestra Selección y de las circunstancias en las que se malogró el primer partido. Entre las más gordas y canallas figuran las escritas alrededor de la actuación de Iker Casillas en el encuentro contra Suiza. Dentro y fuera de España se ha llegado a imputar al gran portero de la Selección una suerte de ausencia o desatención al juego por obra de la proximidad en el campo de su novia, la periodista Sara Carbonero.

El carrusel de insidias y la carga de estulticia ha girado tanto como para que semejante sandez la hiciera suya ¡nada menos! que el «Times» de Londres. Sabíamos de la decadencia del Imperio Británico y del papel desempeñado en la caída por el abuso de la ginebra, pero lo que nadie podía imaginar es que el viejo «Times» se dejaría arrastrar hasta los pantanos de la casquería sentimental que con tanta saña cultiva en Albión la prensa amarilla.

Como decía, esta mercancía informativa averiada ha tenido mucho mostrador en España, dando pie a pretendidas reflexiones deontológicas en boca de quienes nunca se preocuparon por la deriva ramplona de algunos canales de televisión o por el sectarismo de determinados periódicos.

Me apresuro a decir que no todas las opiniones son respetables. Y las que menos aquellas que cuestionan la valía profesional de una compañera juzgándola por su aspecto físico. He seguido con interés la breve pero acertada trayectoria profesional de Sara Carbonero y sólo en una ocasión he hablado con ella. Creo que es buena periodista; ha nacido para la televisión, sabe contar una historia. No debe pedir perdón a nadie ni por su talento, ni por su belleza. Ni ella, ni tantos otros periodistas, buenos profesionales, cuya tesón y apostura física les ha facilitado el camino en la televisión. Sería obsceno que los turiferarios de los poderosos o los promocionados en los medios merced a sus complicidades con ciertos políticos o determinados jerarcas deportivos, pretendieran dictar el canon del oficio dando lecciones de deontología. Hasta ahí podíamos llegar. ¡Que razón tenía Cavafis cuando, preso de melancolía, alertaba acerca del amargo don de la belleza!

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