Fernando Jáuregui – Siete días trepidantes – Ni Gobierno de gran coalición, ni casi nada


MADRID, 26 (OTR/PRESS)

Concluyó la semana política en medio de la nunca enterrada discusión acerca de la conveniencia o no de formar un Gobierno de coalición en España entre el PSOE y el PP para ayudar a sacar al país de la crisis. El avance de unas declaraciones del «popular» andaluz Javier Arenas, y el titular periodístico de las mismas, que sugería que el Partido Popular propondría en breve un Gobierno de gran coalición a los socialistas, aunque sin Zapatero, atizó los rescoldos de una polémica que está en el centro de muchas cosas. Pero tanto Mariano Rajoy como el propio Ejecutivo socialista cortaron de raíz las especulaciones: de coalición con el otro, nada. Y es de suponer que alguien habrá tirado de las orejas a Arenas, aunque, lógicamente, eso queda en el capítulo de las relaciones en privado entre él y su jefe político.

Lástima que tanto el líder de la oposición como la vicepresidenta primera del Gobierno, María Teresa Fernández de la Vega, se apresurasen a desmentir, en los términos menos cordiales, las hipótesis tan acariciadas por algunos comentaristas (entre ellos, quien suscribe) y tan bien vistas por los españoles, al menos según se desprende de los sondeos publicados al respecto. Lo cierto es que cada capítulo de acercamiento entre populares y socialistas en cuestiones concretas, como el frenazo a la subida del precio de la luz, es saludado por la ciudadanía. Y el propio Rajoy, en su multitudinario desayuno del viernes con correligionarios, empresarios y periodistas, se ofreció a acordar con el Gobierno los grandes temas; naturalmente, cuando ello sea posible, que generalmente no lo ha sido hasta ahora, por ejemplo, en la tan criticada reforma laboral, aunque quién sabe si en esta cuestión en particular no se acabarán aproximando las posiciones de unos y otros a la hora de la tramitación parlamentaria.

Es decir: tanto el PSOE como el PP saben que los acuerdos aumentan sus respectivos grados de popularidad entre los votantes y mejoran la reputación de la clase política, amén de ser ocasionalmente necesarios para la solución de algunos de los muchos problemas que tiene planteados el país. Pero las eventuales discrepancias de programa, los constantes cambios de opinión en el seno del Gobierno y las posibilidades de alzarse con el sillón de La Moncloa que se atisban ya en la sede de Génova, amén de la profunda antipatía y la escasa valoración mutua que sienten Zapatero y Rajoy el uno por el otro, hacen que a estas alturas un acuerdo más global sea imposible. Y, además, es tarde para el pacto antes de las elecciones legislativas, especialmente teniendo en cuenta que 2011 es ya año electoral autonómico y municipal y, por tanto, que los tambores de guerra van a sonar cada día más fuerte.

La de hacer un Gobierno de gran coalición «a la alemana» entre socialistas y populares ya inmediatamente después de las elecciones de 2008 ha sido una espléndida oportunidad perdida. Por ambas partes y, desde luego, por el pueblo español. Nos queda la esperanza de que el ganador de las próximas elecciones haga buenas y tangibles las eternas promesas de gobernar sobre el acuerdo y no, como viene siendo habitualmente el caso, sobre la discrepancia. Que es en el acuerdo, y no en los duelos goyescos a garrotazos, donde se muestra la talla de estadista de un gobernante.

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