Carlos Carnicero – La sombra de Miguel Sebastián es alargada.


MADRID, 3 (OTR/PRESS)

Hubo una época en la que los partidos funcionaban de acuerdo a la voluntad de sus militantes; luego llego el «cesarismo» cómo fórmula personal de ejercicio del poder. Y se manifiesta más claramente allí donde es determinante la constitución de las élites: en la configuración de las candidaturas que optarán a los puestos institucionales; por un sistema de cooptación, el líder supremo elige a los más afines. Además, la fórmula despótica ha adquirido el supuesto prestigio que tiene la autoridad frente al desorden.

Hay precedentes en el PSOE de que además las fórmulas de unción han promovido verdaderos desastres. En las anteriores elecciones autonómicas, el presidente del Gobierno se sacó de la chistera a su asesor económico, Miguel Sebastián, frente al aparato del partido en Madrid, que como en esta ocasión se entero de la designación del candidato por la prensa. Sebastián cosechó el peor resultado de la historia electoral del socialismo madrileño y ni siquiera recogió su acta de concejal: se retiro a la vida privada hasta que fue reclamado para ser ministro, en una demostración de que los elegidos sólo se acercan a la política para ejercer el poder. El candidato decidido para el presidente no ejerció sus funciones de oposición y ahora hay que volver a empezar de cero.

Ministros independientes encabezaron las listas de organizaciones territoriales en las elecciones generales. Todos iniciaron la desbandada cuando fueron cesados de ministros y ninguno de ellos, Bernat Soria, Mariano Bermejo, Cesar Antonio Molina, conservan sus escaños. O ministros o nada.

Ahora la historia se repite y el presidente de Gobierno vuelve a decidir personalmente y sin contar con la organización territorial quienes «son los mejores». Con los precedentes de su gestión en la designación de candidatos, parece muy atrevida la aseveración del presidente.

La demoscracia o gobierno demoscópico ha sustituido a la participación de los militantes. El líder máximo observa una encuesta y decide quienes son los candidatos. El partido asiste impasible a la acción despótica de quienes suplantan su voluntad. Ya no hacen falta militantes, porque ni siquiera se pegan carteles. Unas cuantas computadoras y unos centenares de fieles son suficientes para constituir un partido siempre que se disponga de dinero suficiente para los coches oficiales. La participación consiste en aplaudir: Nada más.

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