Antonio Casado – Los principios de Zapatero.


MADRID, 10 (OTR/PRESS)

El presidente del Gobierno y líder del PSOE, José Luis Rodríguez Zapatero, sufre un agudo ataque de contrariedad por las dificultades de otros para entender su fidelidad a los principios del socialismo democrático. En menor medida, por sus propias dificultades para hacernos entender a otros que sus principios siguen siendo los mismos. Pero él insiste.

La cuestión revive cinco minutos después de haber sacado adelante en el Congreso, con la incomprensión tanto de la derecha y como de la izquierda (noes o abstención), una reforma laboral que sólo patrocinan el Gobierno y el grupo parlamentario socialista. El debate también forma parte del precalentamiento ambiental ante la huelga general convocada para el próximo 29 de septiembre por los sindicatos, metidos estos días en un discurso propio de un partido de la oposición.

En esas estábamos cuando Rodríguez Zapatero declaró solemnemente en la radio, este viernes, que él no es consciente de haber traicionado sus principios. Otros sí lo creemos, aunque sin llegar a utilizar la palabra traición, que puede venir cargada por el diablo. Pongamos que con esta reforma laboral (despido más fácil, más barato, con más temporalidad) y su controvertido plan de recortes (afectados los pensionistas, los funcionarios, las mamás lactantes y los pobres del Tercer Mundo), ha roto el contrato con once millones de ciudadanos. Los mismos que le votaron en marzo de 2008 bajo unas condiciones y unos compromisos que él olvidó de repente a mediados del mes de mayo.

Fue entonces cuando, acorralado por la Unión Europea y los acreedores internacionales de España (ah, la famosa prima de riesgo) aparcó sus principios y pasó por el aro de quienes nunca hubieran compartido su programa de socialismo democrático.

Ahora, cuatro meses después, el propio Rodríguez Zapatero nos explica que aquello lo hizo obligado por las circunstancias, para evitar que la economía española quedase a los pies de los caballos. Es decir, que actuó movido por imperativos de coyuntura. Justo. Pero resulta que los principios, o esto es lo que uno cree, son permanentes, universales, absolutos. O sea, que no operan en la conducta de las personas según aconseja la ocasión, el momento, la dirección del viento o el humor de los inversores.

Sólo desde una concepción relativista, lo cual ya supone abrazar una contradicción (un principio nunca es relativo), se puede invocar el carácter inesquivable, imperativo, ineludible, de una circunstancia. Y eso es lo que hace Zapatero, apelar a la dirección del viento para cambiar su hoja de ruta sin tener en cuenta los principios esgrimidos en su discurso de investidura.

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