Fernando Jáuregui – ¿Se acaba el presidencialismo?


MADRID, 24 (OTR/PRESS)

El presidencialismo ha sido una forma de gobernar que en la práctica viene funcionando en España desde que se restauró la democracia. Ha sido y es por tanto más bien una práctica que una doctrina teóricamente consolidada o una estructura de poder. Zapatero tampoco ha sido inmune a esa ocupación de dosis excesivas de poder que hace que el presidente del gobierno sea mucho más que un primer ministro, más que el consejo de ministros en su conjunto y más que cualquier presidente de una república. Especialmente, dado que en España una monarquía aún casi flamantemente reestablecida, el Rey, es decir el Jefe del Estado, no ejerce labores propiamente ejecutivas.

Ahora, habiendo entrado en una suerte de período casi post zapaterista -por mucho que el zapaterismo oficial lo rechace y lo desmienta- e incursos en lo que muchos consideran el inicio de una nueva era política, puede que estos excesos de las prácticas presidencialistas comiencen a atenuarse. Porque ha llegado una época en la que la interactividad penetra en la política: el ciudadano, que cada vez siente más el repudio a sentirse súbdito o mero votante y pagador de impuestos, quiere opinar no solamente en los foros de Internet, sino directamente en la realidad no virtual acerca de las cosas que le afectan.

Por eso, ejemplos como los de las excesivas ingerencias de los «aparatos» de los partidos, como son los casos de las maniobras en las primarias socialistas en Madrid y Valencia, provocan un creciente rechazo en una opinión pública cada vez más sensibilizada. ¿Por qué, se preguntan todos, no se ha permitido a los afiliados votar directamente, sin avales de intermediarios, entre las opciones de Gómez o Jiménez en Madrid y de Asunción y Alarte en Valencia? No ha sido así, sino que los avales han permitido una serie de maniobras dudosamente democráticas impulsadas o avaladas por los aparatik.

Lo mismo que esos pactos secretos entre los partidos (o mejor, entre sus dirigentes) que dejan fuera la voluntad de los militantes de base y de los cuadros medios, para no hablar ya del simple elector. Algo de esa suplantación de la voluntad de las bases viene, por poner otro ejemplo, ese acuerdo «clandestino» entre Zapatero e Iñigo Urkullu, el líder del PNV, para impedir que socialistas y populares lleguen a acuerdos en el País Vasco para ocupar los ayuntamientos; un pacto secreto, que por cierto difícilmente se logrará llevar a la práctica, que es, por supuesto, una exigencia más peneuvista para dar su apoyo a los Presupuestos y, por tanto, para sostener a Zapatero un año más en su cuerda floja.

Acaso el fin de este excesivo presidencialismo, que hace que el jefe del partido y del gobierno sustentado por ese partido pueda imponer sus dictados sobre los acuerdos y deseos de la «clase de tropa» y de los propios órganos partidarios, será el inicio mas claro de que empieza una nueva época, más permeable y democrática. Como, para mí, los rostros de Tomás Gómez, enfervorizadamente seguido por díscolos militantes descontentos con el zapaterismo-blanquismo, o el del valenciano Antonio Asunción son indicios de que una forma de hacer las cosas en los partidos va acabándose. Afortunadamente.

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