Cayetano González – Un antes y un después.


MADRID, 30 (OTR/PRESS)

La fallida huelga general del pasado miércoles va a suponer para los sindicatos convocantes, aunque ellos no lo quieran aceptar de momento, un antes y un después en lo que al papel que deben jugar las organizaciones sindicales en pleno siglo XXI se refiere. Para empezar, habría que decir que si en lugar de valorar el resultado de la huelga, estuviéramos analizando el resultado de unas elecciones, lo primero que habría que constatar es que resulta extraño que los dos máximos representantes de UGT y CC.OO. sigan en sus puestos y no hayan dimitido de sus responsabilidades la misma noche del 29-S, porque lisa y llanamente, la huelga fue un fracaso. Y parece claro, que alguna responsabilidad en el mismo deberían asumir tanto Cándido Méndez como Ignacio Fernández Toxo.

Los sindicatos convocantes se encontraron el pasado miércoles con una ciudadanía que mayoritariamente no quiso secundar el llamamiento a la huelga, seguramente por motivos muy diversos, pero donde uno de ellos y no precisamente menor, fue el hartazgo hacia unos sindicatos que han estado apoyando prácticamente hasta ayer la política económica llevada a cabo por Zapatero. Los mismos líderes sindicales que no han movido una ceja durante los dos últimos años cuando los datos de la EPA iba engrosando de manera alarmante el número de parados en nuestro País, no pueden pretender que ahora la gente les siga en una convocatoria de huelga cuyo motivo era la reforma laboral aprobada por el ejecutivo, con la que se podrá discrepar y mucho en su contenido y en la forma en que ha sido aprobada, pero que era una de las medidas que había que tomar.

Por eso, tanto UGT como CC.OO., Méndez y Toxo, Toxo y Méndez, deberían meditar y sacar conclusiones del rechazo ciudadano a su convocatoria, incluso con gente que se atrevió a llamarles «vagos» y «ladrones», por ejemplo, en la Gran Vía de Madrid, cuando los piquetes, nada informativos y si muy coactivos, intentaban que el comercio de esta emblemática arteria madrileña no abriera sus puertas. El desprestigio de los sindicatos ante la opinión pública es una realidad que ahí está y que cuanto mas tiempo tarden los propios afectados en asumirlo y en corregir sus errores, peor para ellos. La pregunta clave que deberían atreverse los sindicatos y sus líderes a plantearse y sobre todo a responder es a quien representan en estos momentos.

Dicho todo lo anterior, con la huelga del 29-S, aunque haya sido un fracaso, hemos perdido todos. Aparte de los sindicatos, el Gobierno no debería sacar pecho. A corto plazo quizás pueda sentirse aliviado porque tampoco le venía bien un éxito rotundo de la huelga, pero la imagen de España en el exterior, en los mercados internacionales, sufre también un importante deterioro con este tipo de situaciones. Tampoco ha ganado con esta huelga el principal partido de la oposición, que siguiendo la estela de su líder, quizás se ha puesto demasiado de perfil, pensando que esto era una pelea interna entre familias de la izquierda que desgastaba al Gobierno y a su presidente. Y parece claro que era algo más que eso.

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