José Cavero – Homenaje nacional a Vargas Llosa.


MADRID, 8 (OTR/PRESS)

Desde que, al mediodía de este jueves, se dio a conocer la decisión de la Academia Sueca, que ha otorgado el Premio Nóbel de Literatura a Mario Vargas Llosa, escritor peruano-español, los medios informativos españoles no han cesado de tributarle el homenaje que este renombrado y prolífico escritor venía mereciendo. De hecho, esa es la primera coincidencia en casi todos quienes comentan y elogian la decisión sueca: se ha hecho esperar, después de muchos años de quinielas. Ahora, este Vargas Llosa ya no es el jovenzuelo de La Ciudad y los Perros. Su cabello es blanco, aunque su fama de galán no le haya abandonado nunca. Ni tampoco la rumología sobre sus éxitos en el arte de la seducción y la conquista. Otra característica del personaje: ha conseguido el aplauso general: desde el Rey Juan Carlos, con quien se le ha visto asistiendo a corridas de toros, y que no ha tenido inconveniente en proclamar que «lo quiero mucho», hasta Zapatero, Rajoy, Esperanza Aguirre…

La derecha del PP lo ve como algo propio: Rajoy, Aznar y Aguirre han destacado que es «un liberal, defensor de los valores de los que estamos tan faltos en nuestro tiempo». Sin duda, se recuerda que Vargas Llosa a menudo se ha alineado contra determinados dictadores de la América Latina de la que procede: los Castro, Chávez, Evo Morales… No hay que olvidar que Vargas Llosa peleó en la campaña electoral por la presidencia de su país, y que aquella derrota es posible que le haya dejado marca. El mismo suele recordar que se vino definitivamente a España cuando su pueblo peruano optó por un inmigrante de origen japonés, nefasto personaje llamado Fujimori.

Aunque, eso sí, hemos ganado todos al situarlo para siempre en la literatura, y entre sus firmas más señaladas y preferidas de los lectores. Cada nueva novela de Vargas Llosa es un acontecimiento que se espera y se disfruta. A él le sucede otro tanto, según cuenta: Escribir es para él la razón de su existencia, ni más ni menos, y un goce natural y permanente. «Es servidumbre y gozo», proclama. Nos ha podido sorprende, a medias, la noticia que él mismo nos daba: cuando le llamaron por teléfono, desde Estocolmo, para anunciarle la concesión del Nóbel, eran las cinco y media de la mañana en Manhattan, y a esa hora, releía a un viejo amigo y maestro, a quien, por cierto, aconseja…

De manera que los diarios de este viernes son todo un homenaje nacional al escritor peruano-español: sus obras, sus opiniones, su biografía, las consideraciones a ilustres personajes de las letras españolas, ocupan decenas y decenas de páginas. Vargas Llosa «no puede caer mal» en modo alguno: se deshace en elogios a la España que lo ha acogido como ciudadano propio, y al español que él cultiva como pocos. Ha dicho la Academia Sueca que Vargas Llosa, el jovencito periodista Zavalita, de Conversaciones en la Catedral, ha destacado por su retrato del poder y de la resistencia individual. No hay duda de que son dos características bien reconocibles en su obra, como en su propia trayectoria personal. «Mi obra habla de la resistencia del individuo ante el poder». Tanto como su «amistad-enemistad» con su colega también Nóbel García Márquez. Las posiciones políticas de cada uno los han distanciado progresivamente. Con Gabo, sin embargo, tiene muchas más coincidencias de las que posiblemente ambos quieren admitir. Los dos pueden decir lo que proclama Vargas: Que el periodismo les ha enseñado lo importante que es la perseverancia.

Ambos han tenido, durante toda su vida, relaciones muy abundantes con la prensa escrita. Ambos, asimismo, han sido y son escritores comprometidos en su tiempo y sus circunstancias. Pero este día «toca» referirse al Vargas entregado a la literatura como pasión insaciable y permanente, que nos ha proporcionado tantas horas de excelente compañía. Al Vargas que cuando escribe, y según confiesa, deja en segundo plano la ideología. Y en unas cuentas ocasiones, nos ha dado también la ocasión de escuchar una voz bien timbrada, llena de matices, densa, firme… que da gusto paladear.

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