Rafael Torres – «Al margen» – Las lágrimas de Moratinos.


MADRID, 27 (OTR/PRESS)

No quedan lejos en España, al parecer, los tiempos en que al varón fino y sensible se le tildaba de «marica». Ya en la escuela, los niños renuentes al pasatiempo de matar pajarillos a pedradas eran escarnecidos hasta el tormento por los valentones de la clase, y en la calle el atildado y el pulcro dejaban un sospechoso rastro afeminado. Por mi biblioteca anda no un libro, sino una colección entera dedicada por los golpistas victoriosos del 36 a la execración del vencido, cuyo argumentario establecía que los grandes políticos de la República, aquellos hombres refinados, desde don José Giral a don Manuel Azaña, pasando por Jiménez de Asúa, Alvaro de Albornoz, Marcelino Domingo o Fernando de los Ríos, eran una cuerda de bujarrones. De aquellos lejanos tiempos, no tan lejanos por lo que se ve, llega un pedrusco que se ha ido a estrellar en las lágrimas de Miguel Angel Moratinos.

Las lágrimas que no han sido capaces de derramar, por ejemplo, quienes embarcaron a España en la repugnante carnicería de Irak, sí ha sido capaz de verterlas, en su despedida del gobierno, el que tan activamente contribuyó a sacarnos de ella. Unos lloran, los mejores, sus propias lágrimas y las que deberían fluir de los ojos y de la conciencia de los que no son capaces de llorar. Miguel Angel Moratinos, que antes de ocuparse de la Cancillería española había acreditado su valor personal en los más candentes y peligrosos escenarios, buscando la paz en el ejercicio de sus cargos internacionales, se despidió como se despiden los valientes, emocionándose, llorando, es decir, los valientes que por serlo no dejan de ser, sino antes al contrario, hombres.

Un autor de literatura juvenil y miembro de la Docta Casa ha llamado «mierda» a Moratinos porque se emocionó al despedirse de los compañeros y colaboradores con los que tantos trabajos había compartido durante su servicio en Exteriores. Por el tunel del tiempo ha llegado esa piedra. Que no es, como León Felipe distinguiría sin duda, una piedra pequeña ni ligera.

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