Consuelo Sánchez-Vicente – Zapatero «resucita» en Zaragoza.


MADRID, 30 (OTR/PRESS)

Acotación al margen que me ha sugerido la Convención de ayer del PSOE, a mí un partido entregado a su líder como quien entra en religión como el que dibujó el secretario de organización de los socialistas, Marcelino iglesias, no me gusta. Por decirlo con las palabras que eligió el propio destinatario de tal «ofrenda», el presidente José Luis Rodríguez Zapatero, en su mensaje contra «la recentralización» de las autonomías: ese PSOE obediente y acrítico de entrada y de salida a lo que diga y haga – diga lo que diga y haga lo que haga – su secretario general no me parece compatible con el modelo de partido constitucional. El mandato de democracia interna que nuestra Constitución impone a los partidos pretende, en mi opinión, que los partidos políticos sean la conciencia crítica del líder, no su perro

Dicho lo cual, el discurso de Zapatero: su apelación a un gran esfuerzo de generosidad como en la Transición que anteponga a los intereses partidarios el futuro y la confianza en España, no fue, tal vez, el discurso «de la virtud» sino el de «la necesidad», pero es un buen discurso. Se le puede oponer lo mismo que a todas las medidas y reformas contra la crisis que está adoptando últimamente, a saber, que llega tarde. Si hubiera pedido este mismo esfuerzo «nacional» antes, ahora no estuviésemos lampando. El desempleo, por fijarnos en la que definió como «el gran reto hasta las elecciones de mayo», no es solo culpa «de los socialistas», como insinúo sin citarlo que le achaca el PP cuando nadie le acusa de eso sino si no de haber empeorado las cosas con que su resistencia a aceptar la mera existencia de la crisis. Pero, aunque tarde, el camino que indica es, creo, la salida del túnel

De acuerdo al ciento por ciento, por tocar el otro palillo, con la afirmación de Zapatero de que «la Constitución no se entiende sin el Estado de las Autonomías» y el pluralismo y el autogobierno que permiten. Incurrió, en mi opinión, en electoralismo al acusar al PP de nostalgia del centralismo. Tres son las reformas que propuso para fortalecer el modelo, fijar un techo estable de gasto autonómico, o sea, lo mismo que Rajoy; «cooperación entre el Estado y las autonomías para evitar disparidades absurdas en las regulaciones autonómicas perjudiciales para la actividad económica», (sic), que, dando un rodeo eufemístico, es lo que Rajoy llama «unidad de mercado»; y estimular la educación y la formación profesional para que aumenten la productividad y la competitividad económica y mantener el estado de Bienestar y la cohesión social, que coincide con lo que propone el PP. No buscar riñas políticas artificiales que nos enfrenten bien podría, presidente, ser el eje del acuerdo de «confianza y de compromiso con el futuro del país» que ha propuesto a los españoles

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