Fernando Jáuregui – Siete días trepidantes – El frenazo.


MADRID, 26 (OTR/PRESS)

«Frenazo», «parón» y hasta «marcha atrás». No se han ahorrado comparaciones y símiles, que eran fáciles de prever cuando el supervicepresidente Pérez Rubalcaba compareció el viernes ante los periodistas tras el Consejo de Ministros para decir, entre otras cosas de no escaso interés, que el Gobierno había decidido limitar la velocidad máxima a 110 kilómetros por hora, presuntamente para ahorrar combustible. Y para recaudar vía más multas, claro, aunque esto no lo dijese el titular de Interior y de casi todo. No quisiera caer en la demagogia de despachar el asunto diciendo que ha sido una improvisación de un Gobierno improvisador, que primero dice que el cambio de pegatinas-velocidad en las señales costará 250.000 euros, y luego rectifica; puede que la medida, ante la angustia internacional por lo que pueda ocurrir con el petróleo libio, tenga su justificación. Lo que es seguro es que está mal explicada y peor aún consensuada. La semana política no terminaba precisamente bien…

Lo único que le faltaba a este Ejecutivo de Zapatero, y lo único que nos faltaba a los ciudadanos bajo su mando, era una crisis energética de este calibre. El susto de los españoles que se miran al bolsillo es ya mayúsculo. Y, desde luego, no será limitando la velocidad máxima como el Ejecutivo -por cierto: ¿dónde está el ministro de Industria? Como una buena parte del Gabinete, parece desaparecido– podrá afirmar que ha elaborado un plan energético. No: hay que hacer más, mucho más. Pero así andamos: de coyuntura en coyuntura y tiro porque me toca.

Me parece que los españoles tienen, tenemos, la sensación de que hay un parón. Y no precisamente porque se limite la velocidad a niveles de hace dos décadas, ni porque ahora la industria del automóvil, antes tan mimada, parezca ahora ser la destinataria de las próximas medidas represivas imaginadas por la fértil imaginación del director general de Tráfico y por la inercia del ministro Miguel Sebastián, que todo lo cifra en el próximo, pero no inminente, auge del coche eléctrico. Hay sensación de parón porque los empresarios, faltos de confianza, no invierten, porque se cierran muchas pequeñas y medianas empresas -las grandes ganan, pero por los atípicos y por los resultados en el exterior–, porque se ahogan no pocos autónomos. El espíritu emprendedor, tan en auge hasta hace poco más de dos años, está muriendo en España, y la Función Pública se limita a un cinco por ciento de lo que fue en 2008. No veo, con este panorama, cómo se van a crear masivamente nuevos puestos de trabajo.

Definitivamente, no hay plan de choque, ni de crisis. Zapatero, que prepara un viaje de «photo opportunity» a Túnez, Qatar y Emiratos, completado con otro del Rey a Kuwait, parece, lo digo por sus últimas comparecencias en el Congreso, algo noqueado, pese a estos desplazamientos al extranjero, que se han convertido en una «rara avis» en el marco de una diplomacia cada vez más constreñida. ¿Serán capaces el partido gobernante y el Gobierno emanado de él de pensar en otra cosa que en la sucesión de Zapatero, de la que esta semana se ha hablado casi tanto como del 23-f? Parece increíble, ya a estas alturas, que el inquilino de La Moncloa se empeñe en mantener un debate subterráneo que tanto daño está haciendo a su partido, a su vicepresidente, a algunos de sus ministros, como la titular de Defensa, Carme Chacón. No, lo importante no es la sucesión de ZP: por eso no se entiende que esta cuestión no se resuelva de una vez y avancemos ya, en las cuestiones verdaderamente claves, a una velocidad, por cierto, muy superior a esos 110km/h, la última ocurrencia de nuestro hombre del tráfico, de quienes siempre nos regulan el tráfico de nuestras vidas.

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