Pedro Calvo Hernando – Esa espada clavada en el corazón desde 2003


MADRID, 22 (OTR/PRESS)

Les aseguro que por un momento pensé que Mariano Rajoy y su partido se iban a abstener en la votación sobre la autorización del Congreso a la intervención de España contra el régimen de Gadafi. En su discurso, ni una sola vez afirmó que iban a apoyar al Gobierno y votar a favor, sino que no se iban a oponer, que no iban a obstaculizar y expresiones parecidas. Y todo para terminar votando a favor, como el resto de los diputados a excepción de cuatro. Un absoluto contrasentido, un vano intento de disimular de alguna manera el apoyo al Gobierno, que se consideraba ineludible. Pero es que más allá de Rajoy hacia la derecha llevaban varios días con esa ridícula cantinela de atribuir a Zapatero un «Sí a la guerra», en estúpido intento de represalia por el famoso «No a la guerra» de hace siete años, cuando lo de Irak. Una espina, una espada más bien, que la derecha y la ultraderecha llevan indeleblemente clavada en el corazón y por la que no vacilan en mentir y confundir clamorosamente las cosas a ver si engañan a alguien. Empeño imposible, realidad imposible.

Imposible porque no existe el más lejano parecido entre lo de Irak y lo de Libia, empezando por la fundamental diferencia de que se atacó Irak contra la ONU y la legalidad internacional, se invadió un país, se derrocó a su gobernante, se declaró y mantuvo una guerra que todavía sigue produciendo miles de muertos, hasta totalizar más de medio millón. Zapatero fue muy prudente y no se metió apenas en comparaciones, para que nadie se enfadara, a sabiendas de que todos iban a apoyar la propuesta del Gobierno. Todos menos cuatro, el más convencido Gaspar Llamazares, que defendió bien sus posiciones y logró que la principal réplica de Zapatero fuese para él. Y el mejor discurso, con diferencia, el de Duran i Lleida, el único que te hacía olvidar que los políticos suelen dejarse llevar por intereses personales o de partido. Lo de Duran fue una exhibición de cordura, generosidad y brillantez democrática. Este martes el Parlamento vivió uno de sus mejores días. En un Parlamento que da pena tantas veces.

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